Cabanela, el hombre de las 10.004 caderas

El 24 de septiembre de 2013 opera en Madrid a Juan Carlos I

TRES AÑOS ANTES de acabar Medicina, el 14 de septiembre de 1932, Enrique Cabanela Álvarez viaja a Santiago con otro estudiante larguirucho de la episcopal ciudad llamado Álvaro Cunqueiro Mora. Son amigos, aunque todavía no parientes por doble vínculo. El primero, porque Álvaro se casará con Elvira González-Seco, y Enrique, con su hermana Maruxa. El segundo, porque Enrique será padrino de César, el hijo del escritor, y éste, padrino de Miguel, el hijo de Enrique.

Miguel Enrique Cabanela González-Seco (Mondoñedo, 1942) recuerda a su padre protestando a grito pelado cuando a las tres de la mañana le vienen a buscar para atender a un enfermo, pero es su forma de despertarse. Nunca deja de ir a donde le reclaman sea la hora que sea.

El hombre está predestinado. Enrique Cabanela quiere que su hijo se forme en el extranjero y considera que la mejor opción es Alemania. El propio Miguel aprende el idioma para poder especializarse al terminar en Santiago. Va, pero no vuelve convencido del nivel que requiere para su perfeccionamiento. Hace un año de posgrado en Compostela y decide que su destino será EE.UU.

Cuando le preguntan por qué elige su especialidad, Cabanela afirma que la culpa la tiene el cirujano ortopédico judío, Marvin Dubansky, al que trata en un hospital de Iowa donde llega para hacer un año de internado rotatorio, antes de especializarse en la Clínica Mayo.

Ya en 1980, cuando lleva más de una década siendo profesor de Cirugía Ortopédica de la Facultad de Medicina de la Mayo, de Rochester, viene a Galicia para hablar a sus colegas de artroplastia de cadera a doble copa, que los profanos debemos traducir como su sustitución por una prótesis, algo que hoy ya está a la orden del día.

No sabe entonces que unos treinta y tantos años después será llamado para que intervenga al Rey, y no una, sino dos veces. La fama de Cabanela hijo se dispara más allá de las fronteras que su padre había conquistado con amor y ternura hacia los pacientes para dar fe de que los Cabanela atienden del Rey abajo, a todos.

De la Mayo se trae a su habitual compañero de quirófano, Robert Trousdale, y juntos le implantan al jefe del Estado su definitiva prótesis de cadera el 24 de septiembre de 2013. Quizá sea cierto que hoy es una operación sencilla y no hay motivo alguno para dudarlo. Sin embargo, lo que no debe ser tan sencillo es que te elijan a ti para ponérsela al Rey, porque de entre todos los cirujanos posibles, han de quedarse con uno y ése fue Cabanela.

El médico que tiene “un currículum humanitario que no tiene fin” reconoce que se siente más presionado en otras operaciones de personalidades, como cuando interviene al vicepresidente de los Estados Unidos o a algún jeque árabe.

Cuando terminan en quirófano, los dos médicos ya le habían augurado al paciente un buen nivel de recuperación, siempre que no intentase jugar al baloncesto. Cabanela se gana a la prensa con su sorna gallega y con su tendencia a colar un chiste en cada respuesta. Claro que algún periodista va demasiado lejos pidiéndole que ponga la mano en el fuego para asegurar que el monarca nunca más tendría problemas de cadera. “Me pide usted mucho”, contesta.

Esta segunda operación ha sido más corta que la anterior, “no por mucho, la otra fue 2,47 y ésta 2,32″. Minutos, claro. Entonces suena su teléfono móvil y el doctor lo atiende para que lo oiga toda la sala:

_ Non. Estou todavía falando.

Dice haber operado 10.000 caderas, más las dos de Madrid y otras dos en Lugo, 10.004.

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