Botellón y voto

De norte a sur y de este a oeste, la actualidad de cientos de ayuntamientos españoles está marcada por la celebración de botellones, la protesta de los vecinos y las diversas reacciones que la autoridad competente adopta en cada caso.
Echando un rápido vistazo a todas las ciudades donde botellón es sinónimo de conflicto se obtiene un perfil de comportamiento que va desde la violencia _ agresiones a vecinos, cruces de coches en la calzada _, a los destrozos _ se arrancan árboles para improvisar hogueras _, y a las molestias varias _ gritos cavernícolas y músicas antisueño durante toda la noche _.
En algunos lugares se ha optado por alejar el botellón hasta zonas deshabitadas, con dotación de autobuses para el acarreo de los participantes; en otras se estudia atacarlo por medio de limitación de decibelios que afecten igualmente al ladrido de los canes, al ensayo con instrumentos musicales y a la realización de trabajos de bricolage de 22 horas a 8 de la mañana; y en otras aun no saben muy bien qué hacer.
En la gran mayoría de esos lugares afectados se escamotea el debate sobre la presencia en dichas concentraciones de menores de edad y el porcentaje de ellos que acaban la noche en el servicio de Urgencias de cualquier centro hospitalario, como si el botellón fuese un derecho adquirido y reconocido por la sociedad. “Pobrecillos, pasan toda la semana estudiando y bien se merecen el pedo de los viernes”.
Discutirles ese derecho y afirmar que además de social, se trata de un problema policial cuando se incumple la ley, suena a reaccionario y aquí somos todos más demócratas que Solón y el Areópago juntos. Cuanto más multitudinario sea el botellón, más votos están en juego y los que hoy son menores, dentro de dos o tres años cotizarán ante las urnas como el que más. De ahí que su pedo sea sagrado.

Comenta