Celita, un lancarés cosido a cornadas

El 15 de septiembre de 1914, días antes de comenzar la I Guerra Mundial, se encierra con 6 toros en la Monumental de Barcelona

EN LA SEGUNDA decena del XX hubo en Galicia al menos cuatro clubs Celita en honor del torero Alfonso Cela (Láncara, 1887). Los hemos localizado en Lugo, Sarria, A Coruña y Pontevedra. Lo curioso del caso es que todos ellos honran al torero y lo arropan si actúa cerca, pero se dedican al fútbol y al pedestrismo.

El torero, encantado, se deja querer y les envía fotografías dedicadas de sus medias verónicas, gaoneras o estocadas, que son su fuerte.

Años después de morir, El Clarín de Valencia resume su vida en tres palabras “Cosido a cornadas” y aunque el rótulo destila tópico y exageración, algo de cierto hay, porque Celita es un torero valiente que se deja jirones de vida en cada corrida.

Su patria lancaresa es San Vicente de Carracedo, desde donde su familia se traslada a Madrid cuando el niño tiene once años y gasta pantalón corto. De repente, la fascinación por el toreo, las capeas, los revolcones y el debut, el día de las Candelas de 1910, al lado de Andrés del Campo, o sea, Dominguín II; y Pacomio Peribáñez, que parece un personaje de García Márquez.

Ha de esperar dos años para la alternativa en A Coruña, que se la da, tal día como hoy 15 de septiembre de 1912, Bienvenida II, es decir José Mejías Rapela, hermano del Papa Negro y tío de Antonio Bienvenida.

Si sufre más o menos cornadas que el resto de la profesión habría que estudiarlo estadísticas en mano, pero seguramente sea cierto por lo mucho que se repite. Se lo achacan a su falta de reflejos para evitar el toro cuando el animal enviste por caminos no previstos.

Su carrera se prolonga diez años, hasta su despedida el 25 de junio de 1922, que a su vez marca el inicio de la última década de vida. Del corte de coleta son testigos dos colegas que sonarán a los aficionados, Ricardo Nacional y Victoriano Valencia. Se retira cuando comprende que ya no puede ser más de lo que fue.

Su primer toro, el coruñés, había sido Mochuelo. El último se llama Catalán y a nadie se le ha ocurrido todavía cerrar la Monumental de Barcelona.

En esa plaza barcelonesa del Sport, o novísima, que luego se llamó y llama Monumental, torea Celita en muchas ocasiones. En ella ya no hay toros porque las cornadas las reparten en cualquier céntrica calle de la plaza Colau. Allí protagoniza su tarde más memorable.

Ocurre el 12 de julio de 1914, cuando Celita se encierra con seis toros de la ganadería de Pérez de la Concha y obtiene un éxito rotundo. En los tendidos destaca la presencia de numerosos marineros alemanes, ignorantes de que solo faltan 16 días para que se inicie la I Gran Guerra. Celita brinda por ellos y por todos los presentes.

La suerte de varas, como es habitual en las épocas anteriores al peto, deja un balance de cinco caballos muertos. La crítica más exigente se rinde a Celita: “Si esta corrida se celebra en Madrid, hoy sería uno de los grandes”. Y añade el cronista Don Quijote: “Frascuelo, el Guerra, Algabeño, Machaco, Joselito, tienen alguna tarde en su historia comparable con ésta de Celita. Pero no abundan en la historia del toreo”.

“Mató los seis toros de seis estocadas y dos pinchazos, y las ocho veces pinchó en la cruz. De las ocho veces, siete entró a volapié neto, purísimo, perfecto. De los seis toros, cinco rodaron sin puntilla. Al quinto lo atronó de un certero descabello. Se pidió para él la oreja en los seis toros, y sólo en el primero no se le concedió; y del sexto le dieron las dos. Seis orejas, pues. Y despachó la corrida en siete cuartos de hora”.

Comenta