Peña e Ibáñez, como una pieza salida de Sargadelos

Nace en septiembre de 1840 en la propia fábrica y clama contra el Gobierno por el olvido en que la tiene

POCOS COMO ÉL pueden presumir de haber nacido en la fábrica de cerámica, antaño fundición, de Santiago de Sargadelos, pero lo cierto es que Federico de la Peña e Ibáñez (Cervo, 1840) viene al mundo con la vista puesta en el Paseo dos Namorados, siendo biznieto de Ibáñez, el marqués que industrializa aquella parroquia.

Quizá los ecos de los ejércitos napoleónicos a su paso por el norte de la provincia le lleven a conseguir la cátedra de Francés en el instituto de Lugo; o quizá solo haya sido la sonoridad de la lengua de los galos lo que le atrae, siendo él como era, un poeta de versos musicales, marciales y patrióticos que aspiran a una España sin manchas y con honra.

Tradicionalista de convicciones, pertenece a la Junta provincial carlista de Lugo, de la que es vicesecretario para hacer piña Peña con el conde de Campomanes, que la preside; con el marqués viudo de Villaverde y con los más destacados carlistas lucenses de finales del XIX, o sea Ramón María Alvarado, Ramón Losada Montero, Antonio Pedrosa, Siro Montenegro, Ramón Veiga Valcárcel, Antonio Rodríguez Franco, Froilán Gayoso y el propio Manuel Soto Freire.

Su biografía se escribe por completo en Lugo, salvo la bucólica infancia de Sargadelos, donde nace el 13 de septiembre. De la fábrica que fue su cuna escribe de la Peña que es como “el inválido a quien su patria, cuando ya inútil, relega al olvido y tiene que perecer de miseria en el rincón de una choza”. No debe preocuparse tanto el catedrático, pues larga vida tiene por delante la obra de su bisabuelo desde que él redacta tan pesimistas líneas.

Aunque su actividad periodística y literaria se expresa fundamentalmente en castellano, Armando Requeixo ha localizado un poema suyo en gallego, “Fuxide d’eles” publicado en La Unión Gallega, el 27 de mayo de 1883. También encontramos un curioso artículo suyo sobre los beneficios del estiercol de cuadra en las patatas. En 1870 es corresponsal en Lugo de La Concordia, de Vigo, y colaborador de El Lucense durante años.

En ese aspecto, alcanza fama de escribir rápido y de improvisar con gran facilidad.

Se cuenta que un día se compromete para recitar en una velada poética y como quiera que la hora se echa encima sin noticias del vate, uno de los organizadores va a buscarlo a su casa, donde no se encuentra. Desesperado, se da de bruces con él en el Círculo das Artes cuando charla tan campante.

_ ¡Que se acerca la hora de la función, don Federico! _ le dice este hombre.

_ ¡Es verdad! _ le responde el interpelado _ Ya me olvidaba del compromiso contraído; perdóneme. Pero no se apure. Aún no me toca a mí actuar. Y ¿qué voy a hacer? ¡Bah! Cualquiera cosilla. Espere un poco…

Y tras pedir recado de escribir, compone los versos que minutos más tarde lanza ante el auditorio con voz tronante, como si fuesen estrofas muy meditadas y trabajosamente podadas.

Ahora bien, no nos engañemos; como dice Manuel Castro Lopez, Peña era un poeta local, localísimo, un poeta “cuyo nombre traspasaba únicamente poco más allá del viejo e histórico cinturón de piedra que ciñe a la antigua Lucus Augusti”, quizás porque lo ampuloso de su poesía escondía una modestia conformista con las dimensiones ciudadanas.

Su petición fue que “si llego a morir, que dulcemente / cantéis sobre mi urna funeraria”.

Y eso hacemos, como cuando medio Lugo se reúne en la Plaza de la Constitución para escuchar sus loas al doctor Castro, o su encendida protesta de 1885 contra Alemania en el contencioso sobre las islas Carolinas.

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