Gamallo, cuatro gotas de su inmenso caudal

Hace 105 años, el 25 de agosto de 1914, nace en Ribadeo el español “con más curiosidad intelectual”, según Cela

¿CÓMO ENCERRAR EL océano en una botella? Metiendo agua hasta que rebose. Más allá es imposible.

Algo así ocurre al intentar que una semblanza más o menos aproximada de Dionisio Gamallo Fierros (Ribadeo, 1914) quepa en una columna, y eso es lo que haremos en este 105 aniversario de su nacimiento, que ni es fecha capital, ni tampoco baladí.

Gamallo era un objetivo jugoso para la entrevista periodística. Siempre investiga las dos caras de sus personajes, era simpático y como guinda, enseña periodismo. La mezcla ideal para hablar con él, aunque la verdad es que no fue un hombre excesivamente entrevistado.

Quizá se deba a que fue muy conferenciado y muy articulado. Queremos decir en su lenguaje, que imparte muchas conferencias y escribe muchos artículos. Rosalía, Espronceda, Pastor Díaz, Clarín, Alarcón, Menéndez Pelayo, Curros, doña Emilia, Concha Espina, Bécquer… forman parte de su mundo más querido.

En una ocasión le preguntan quiénes cree él que merecen ocupar los sillones vacantes de la Academia y responde que Zunzunegui. Lo nombran ese mismo año. ¿Ya lo sabía? Es igual, lo intuía, pues la intuición es el oráculo de los sabios.

Cita también a Cela y el de Padrón llega a ser académico. Camilo José se lo paga cuando dice que Dionisio es “uno de los hombres de mayor curiosidad intelectual de la historia de España”, así con todas las letras. Después, el de Ribadeo opina que Luis Astrana Marín ha de sentarse junto a los inmortales _ por lógica cervantina, imaginamos _, pero una embolia cerebral lo impide al poco tiempo.

El cuarto escritor de sus preferencias académicas es Leopoldo Panero, pero una angina de pecho lo lleva joven aún. “A los académicos los nombran los médicos”.

Él es quien descubre docenas de rimas atribuidas a Bécquer que no son suyas, sino de alguno de sus discípulos, pero para compensar al poeta, sevillano, también es él quien reúne una obra inédita de Gustavo Adolfo que no cabe en un libro.

Y para libros, sus casas, la de Madrid y la de Ribadeo. Pedro de Lorenzo decía que Dionisio era un hombre sin casa, porque no vivía en ninguna de ellas, sino en una biblioteca.

Cuando prepara su monografía sobre Menéndez Pelayo anuncia que será una biografía muy humana, con mención de sus amores, porque “era hombre muy preocupado por el problema amoroso y su solución”. Y añade: “No existe documentación a este respecto porque a su muerte fue destruida por creerla nociva a la exaltación de su gran obra…” Y descubre entonces al periodista un Menéndez Pelayo desconocido y peleón, que por amor cruza los puños con otros, al menos tres veces en su vida, según Dionisio. Una, con el actor Rafael Calvo, por celos, claro. “Se pegaron en una berlina por la calle de León”, dice él para que el periodista siga la pista. “Otra vez llegó a las manos en el Congreso con un excelente orador y político. Yo creo que fue Pidal y Mon su rival amoroso”. Se refiere a uno de los dos hermanos así llamados, Alejandro o Luis.

La tercera pelea de don Marcelino ocurre en la puerta del Fornos con el académico de Vegadeo, Emilio Cotarelo y Mori, amigo y rival al mismo tiempo. En esta ocasión la riña no es por una mujer, sino por Cervantes y da lugar a una escena para ser recordada.

Don Marcelino le arrebata a Cotarelo el paraguas que trae en la mano. Se lo rompe en la cabeza y cuelga el trozo que le queda en su brazo mientras marcha calle arriba.

Y hasta aquí ha llegado la botella. Apenas nada, cuatro gotas.

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