Los Alvarado, etnógrafos en tierra vecina

Hoy es el día del queso de Cabrales, a cuya consolidación contribuyen los dos hermanos de Viveiro

HOY SE CELEBRA en Las Arenas de Cabrales (Asturias) el Certamen del Queso de Cabrales, que este domingo cumple su XLIX edición y con la que tienen mucho que ver el trabajo de los hermanos Juan (Viveiro, 1864), y Ventura Alvarado y Albo.

En otoño de 1888 llega a Villablino, la capital de la comarca leonesa de Laciana, Juan Alvarado, en compañía de Giner de los Ríos y Cossío. Se trata de un viaje de inspección a los lugares donde pocos días después iniciará su trabajo pedagógico como profesor en la Escuela de Sierra Pambley de esa localidad.

Este huérfano vivairense, estudiante de Ciencias en Madrid, no tiene intención de permanecer allí más de un curso o dos, pero lo cierto es que echa raíces en el valle y en él vivirá los veinticinco años que le separan de su muerte en 1914.

En materia de quesos, cuando se habla de Juan, debe hacerse en paralelo con la vida de su hermano, Ventura Alvarado, pues ambos son los que unen sus nombres a la historia del mítico queso de Cabrales, por ejemplo, desde la Escuela de Industrias lácteas de Sierra Pambley, por ellos fundada.

Ventura se traslada a Francia para estudiar el mundo de los quesos y a partir de una serie de trabajos, estudios e iniciativas, los Alvarado se ganan la fama internacional de expertos queseros.

Sus aportaciones como asesores técnicos a la Asociación general de ganaderos del reino tienen su punto culminante en 1911, cuando por encargo de la citada agrupación, realizan un estudio de la región de Liébana y los puertos de Áliva, Tresviso y Cabrales, piedra angular para el desarrollo de estas denominaciones de origen.

El Cabrales, como todo amante de los quesos sabe, es uno de los más peculiares de España, caracterizado por sus vetas verdeazuladas, y su sabor picante que solo se consigue en las cuevas de los Picos de Europa. Su reciente ingreso en el libro Guinness de los récords como el más caro de la historia a través de una subasta, ha despertado un interés inusitado hacia él, algo que los Alvarado no podían soñar cuando comenzaron a estudiarlo hace un siglo.

Y así fue en ese otro domingo de 2018, cuando El Llagar de Colloto (Oviedo) paga 14.300 euros por la pieza ganadora del Certamen del Queso de Cabrales anterior al que hoy se celebra. Nunca antes se había pagado esa cantidad por algo más de dos kilos de queso, a unos 6.085 euros el kilo, en lucha contra otros 14 establecimientos de España.

Pero el episodio del Cabrales es casi una anécdota dentro de las iniciativas que Juan Alvarado lleva a cabo durante sus años en Laciana. Obras suyas son la primera mutua contra la mortalidad del ganado, el sindicato de selección de ganados, la Liga de Amigos de la Escuela de Laciana y la apertura de algunas de las primeras minas de carbón de la comarca.

Capítulo aparte lo conforman sus trabajos de recopilación etnográfica y antropológica con la recogida de unas tradiciones que ya en los albores del siglo XX comienzan a verse amenazadas por la nueva sociedad tecnificada que se impone.

Destaca su colección de los cantares de boda “recogida en el Valle de Laciana, Babia y el Alto Bierzo”, obra póstuma de 1919; la recopilación de palabras del patsuezu lacianiego, una colección de derecho consuetudinario, así como otros trabajos de investigación para el Ateneo de Madrid en una época de efervescencia etnográfica, similiar a la que vive Galicia.

También merece ser recordada su colaboración con Ramón Menéndez Pidal, con quien está en Villablino durante el verano de 1910.

Un comentario a “Los Alvarado, etnógrafos en tierra vecina”

  1. Ramón

    Pues este año, llegó a los 20.500,00€.
    El lugar dede Villablino, me recuerda lo que tantas veces se habló en mi casa, puesto que a un pueblo de ese municipio, llamado Lumajo, destinaron a mi padre como maestro, castigado, para completar la depuración de dos años de campo de concentración, por haber servido de teniente de la zona roja, siempre contaban que los inviernos eran tan duros, que había que salir de casa con la pala para abrirse camino, pero siempre tuvieron un grato recuerdo de las gentes que vivían en el pueblo, así como de la convivencia vecinal, del tiempo que estuvieron allí.

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