José Bolaños, el bonito de Burela

Hoy se cumplen los 57 años de la muerte de Marilyn Monroe y él fue la última persona en hablar con la actriz

ENTRE LOS LUCENSES y asimilados hay que hacerle un hueco a José Bolaños Prado (México, 1935), especialmente en un día como hoy, cuando se cumplen los 57 años de la muerte de Marilyn Monroe, ya que este hombre es la última persona que habla con ella antes de aparecer el cadáver en el número 12 305 de Fifth Helena Drive, en Brentwood (California).

La última, o la penúltima, si se admite la hipótesis de un asesino que pudo intercambiar alguna palabra con la estrella antes de mandarla al firmamento.

¿Y por qué Bolaños en el Álbum de Lucenses? La culpa la tiene Xavier Navaza, que escribe un libro llamado El último amante de Marilyn, publicado por Alvarellos, donde nos descubre que el susodicho productor, actor y guionista de cine mexicano, tiene sus orígenes en Burela; aquí al lado, en la antigua parroquia del ayuntamiento de San Xiao de Nois, que luego lo fue de Santa María de Cervo y que más tarde se convierte en ayuntamiento de seu.

Cuenta Navaza que el abuelo del rapaz sale hacia México desde su casa do Vilar, en tierras cervenses, y que el vástago de su hijo, antes y después de convertirse en amante de esta Marilyn en barrena, nunca quiso saber nada de sus orígenes gallegos, quizás por parecerles poco dignos a tan meritorio título alcanzado entre sábanas.

Pero habida cuenta que la artista se fija en él por su belleza, José no podrá negar a la historia que él también fue un bonito de Burela.

Marilyn conoce al bello Bolaños cuando su marido, Arthur Miller, cambia de pareja de manera radical, pues pasa de la inconstante frivolidad de la espectacular rubia, el icono sexual de todo el planeta, a la calma intelectual y serena guapura de la fotógrafa Inge Morath. Por cierto, en 1996 quien esto suscribe tomó el pulpo de octubre con la austríaca Morath en una caseta del parque lucense y circunvaló la ciudad desde el adarve amurallado gracias a la amabilidad de Ramón Soilán.

Marilyn va a México porque quiere decorar su nueva y última casa con muebles extrafronterizos de estilo colonial, y es en ese viaje donde sus ojos y los de Bolaños se cruzan y se entrecruzan. Comentario al margen, pero oportuno, es decir que la preocupación por el estilo de los muebles caseros marida muy mal con las supuestas tendencias suicidas que ya entonces se le adjudican, pero a saber cuántas ideas caben en una cabeza tan diversa y dispersa como la suya.

Hasta un Bolaños cabe. Un conde de Lugo que a base de corderos lechales y bollos preñados combate en la muralla y la salva del cerco de sus enemigos.

Este José, al que se le tilda de playboy y acaba acostándose con la mujer que ocupa la portada del número 1 de Playboy, recibe clases de Carlos Velo, aunque seguramente delante del cineasta de Cartelle no se atreve a decir que no quiere saber nada de Galicia. O vete a saber, quizás Velo nunca descubre que el guaperas de su alumno es nieto de gallegos.

Lástima también que la amistad horizontal con Norma Jean no le valga a José para plantarse en Hollywood con su rostro molón, una mezcla de Humphrey Bogart, James Dean y Jorge Negrete sin bigote. Lástima para él y ventaja para Navaza, pues de esa forma se mantiene sin descubrir el nexo del chaval con Burela hasta que el periodista lo saca a luz.

No obstante, el amante tenía algo más que serrín en la cabeza, como lo demuestra su versión cinematográfica del Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Dicen que es mala, pero no lo sé. Si pueden, lean a Navaza y vean a Marilyn Monroe: Murder on Fifth Helena Drive, donde se cuenta todo esto.

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