Vázquez Cereijo, lucense y europeo

Hoy, tercer aniversario de la muerte del pintor y con antológica en el Museo.

SE CUMPLE HOY el tercer aniversario de la muerte de José Vázquez Cereijo / Coté Pimentel (Lugo, 1940) y es ocasión propicia para dedicarle el cromo del día. Al contrario de lo puede parecer desde fuera, resulta mucho más difícil trazar una semblanza a los amigos, pues sabiendo de ellos bastante más que de los personajes solo conocidos a través de terceros, sientes a cada paso la sensación de estar traicionando un secreto de intimidad compartida.

Durante años, mientras no solucioné por vía de adquisición el transporte motorizado, Coté es mi auriga en misiones que nos afectan a ambos, cuales son los desplazamientos Madrid-Lugo y viceversa, especialmente en Navidad, pues en verano no es habitual que coincidan las fechas.

Recuerdo un año en el que me espera pacientemente delante de Efe a que termine la información de la lotería. Había caído el Gordo en Madrid y hasta deponer en el teletipo todas las botellas de champán descorchadas no puedo despegar.

El viaje era una ininterrumpida conversación sobre casi todo, sin concesiones al silencio, quizás porque el silencio lo reserva para las horas de estar frente al lienzo. Los madrigallegos, amigos comunes, ocupan el primer tramo, hasta Medina del Campo o por ahí. Juanjo Varela, Nicanor del Pardo, Lobo Montero, Borobó, Freixanes, Armesto, González Páramo, Emilio Temprano… todos iban saliendo a su debido tiempo en estado de revista, como una retreta anual para conocer novedades. “¿Sabes? Vi a Currinche y me dijo que le iba a caer a Fraga porque hace tiempo que no le saca una lechuga”. Mil pelas, ya saben.

En aquel coche también se charla de pintura, claro, pero no es algo impuesto por su condición de pintor. Es más. Yo creo que no habla de su obra por pudor. Una vez lo aparca y me dice directamente: “Voy a exponer en Toisón. ¿Quieres escribirme el catálogo?”

Imposible decir que no, aunque en aquellas lides yo estaba más pez que los que por esas fechas cuelga Julio Nespereira en Kreisler. Una cosa tenía clara. Un catálogo de pintura debe ser una pieza literaria oscura, de la que nadie obtenga una idea demasiado diáfana sobre las intenciones del pintor, ni las pretensiones del escribidor.

Y así me salió. Aquello no lo entendía ni yo. A Coté le gustó e incluso hubo algún que otro crítico que reprodujo uno de sus párrafos como si citase a Camón Aznar. En resumen, la exposición fue un éxito, como lo demuestra que Jorge Espiral la recuerde en su particular obituario de hace tres años.

Lo pasamos muy bien en Toisón, pero ese mismo día también inaugura Elena Gago en una galería cercana y yo tengo que cubrir las dos informaciones. Honor de gallego.

Como me entretengo en Toisón, llego tarde a la de Gago, y aquello está a punto de costarme un serio disgusto. Algún día se lo cuento porque no tiene nada que ver con Coté.

Lo que sí resalto en el catálogo, aunque sea oscurecido, es su obsesión por trascender siendo europeo y asiduo del Rastro madrileño al mismo tiempo; enamorado de Praga y peripatético de la Praza Maior lucense; provocador y conservador según y cómo; adusto y colorista. En una palabra, digamos que al pintor le preocupa su coherencia con el tiempo y las ideas, siendo ellas las que fuesen. Anne Nikitik sabrá más de todo eso.

Yo creo que se había enamorado de Maruja Mallo, en el sentido que era posible hacerlo en los años setenta. Después gana el premio Nacional de Grabado en 1997, pero él sigue dedicando las mañanísimas de los domingos a pasear por el Rastro con Bonet y Trapiello. Seguramente lo seguirá haciendo.

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