Don Horacio, el primer prisionero de la I Guerra Mundial

Hoy se cumplen los 105 años del inicio del conflicto, cuando el lucense ya había sido hecho prisionero en Prusia

TRAS EL ATENTADO de Sarajevo contra el archiduque Francisco Fernando de Austria, el 29 de julio de hace 105 años Rusia declara la movilización contra el Imperio austrohúngaro, el comienzo de la I Guerra Mundial. A sus 20 años, Horacio García Fernández (Lugo, 1894) acaba de protagonizar un vuelo en globo que solo la inconsciencia pudo inspirar.

Durante su estancia en Lille para estudiar ingeniería industrial en el vanguardista Institut Industriel du Nord conoce al aeronauta Salmon, que en los primeros meses de 1913 recluta gente para que le acompañen en una aventura tan emocionante como peligrosa.

Se trata de sobrevolar en el globo bautizado como Maire-André territorios de Francia, Bélgica y Alemania. Y regresar, claro. Salmon pregunta a Horacio cuánto pesa y al conocer la respuesta, le ofrece una plaza sin más requisitos que su valentía. “Tú me vales”. De esa forma se cierra la tripulación del Maire-André, formada por el francés de Lille, Salmon, el brasileño de Río de Janeiro, Arther y el español García.

El domingo 9 de marzo de 1913 sueltan lastre en Lille sin saber a ciencia cierta a dónde van. Los vientos los llevan hasta Custrin, en Brandenburgo, donde comienza a desinflarse el aerostato y deciden bajar pues hace un frío que pela. Creen que la operación roza la perfección, pero al poco tiempo se ven abordados por un empleado de Comunicaciones y por miembros de la policía.

El primero les reclama 80 francos por haber destrozado 17 hilos telegráficos en su descenso. Los segundos traen una orden de detención, pues sospechan las autoridades que el trío pueda constituir un comando de espías internacionales, una posibilidad nada descabellada en aquel convulso año.

Horacio García y sus compañeros aeronautas, Salmon y Arther, dejan el globo donde lo han posado y caminan hasta el ayuntamiento de Custrin detenidos y rodeados por un millar de personas convocadas por la curiosidad como en las películas épicas. Allí son interrogados sobre su misión, que las autoridades prusianas suponen, sin lugar a dudas, de espionaje.

Mal que bien explican que no, que solo son aventureros en busca de un récord de vuelo libre. Horacio se muestra indignado por el trato que reciben y un policía le pone una pistola al pecho. Estamos en 1913 y no se admiten bravuconadas. Luego son encerrados en tres celdas sin posibilidad de comunicarse.

La policía revisa el globo de arriba abajo por si porta armas o algún objeto sospechoso, pero claro, no las encuentran. Más tarde vuelven a interrogarlos dos oficiales del Estado Mayor de Custrin y cuarenta y ocho horas después son puestos en libertad, no sin antes cumplimentar las mil y una exigencias requeridas.

Alzan vuelo a toda prisa y se sitúan entre los 1.000 y los 1.400 metros. Salvan una fuerte tormenta, sobrevuelan Bélgica y allí bajan. Lille, que estuvo pendiente de sus andanzas, organiza un gran recibimiento al saber que regresan sanos y salvos. Los miembros de la Emulation Aerostatique du Nords, el Aero Club y el ayuntamiento de la ciudad se vuelcan con sus tres héroes a quienes homenajean en el café de Vlamik. La noticia traspasa fronteras y se publica en toda la prensa europea

Maide Prósper, viuda del sobrino de Horacio, Francisco García Bobadilla, recuerdaba que en la familia siempre se comentó la reacción del padre del aeronauta, Francisco García Sobrino, cuando un amigo lee en un periódico francés la crónica del viaje:

_ Ese monsieur García del que hablan es mi hijo.

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