A ocho estrenos por año

Nacido en O Vicedo, Agustín Rodríguez Castro se va a convertir en uno de los pilares de la zarzuela cubana durante la primera mitad del XX

TITO SCHIPA, VICENTE Fernández, Julio Iglesias, Alfredo Kraus, Los Panchos, Nana Mouskouri, Cesaria Évora, Plácido Domingo, Linda Ronstadt, Gloria Lasso, Mirelle Mathieu, Libertad Lamarque, Pedro Vargas o Connie Francis.

La lista de intérpretes de Quiéreme mucho puede hacerse tan larga como uno desee, porque cuando va a cumplirse un siglo de su existencia, la canción ha sido dicha por las mejores gargantas de cada época.

En todo momento ha sido unas de las más radiadas y casi siempre solo ha aparecido el nombre de Gonzalo Roig como su autor, lo cual es cierto. Sin embargo en Galicia no es muy sabido que detrás de la letra de Quiéreme… hay un hombre llamado Ramón Gollury (Roger de Lauria), que escribe la primera estrofa, y un prolífico escritor de zarzuelas, sainetes y películas llamado Agustín Rodríguez Castro (O Vicedo, 1885), que escribe la segunda.

A este desconocimiento contribuye en buena manera la implantación en Cuba de leyes sobre memoria histórica similares a las españolas en lo que supone el olvido de todo lo que recuerde la época anterior a la llegada de los barbudos. La zarzuela cubana sufre la nueva política.

No así la canción, una criolla-bolero que al igual que otras de esa época de Roig, Lecuona, Compay Segundo… ya está instalada en el gusto de la gente y su reproducción era constante en todas las emisoras, sin posibilidad de borrarla.

Pero aprovechemos el relato que hace Xosé Neira Vila para saber más del aterrizaje en Cuba de este hombre, hijo del maestro Fidel Rodríguez Fernández, y de Matilde Castro Mera que marcha a las isla el año 1901, tras ser reclamado por su tío, José Castro Mera para trabajar como tipógrafo. Sus hermanos Cándido y Saturnino también emigran a Cuba, mientras sus hermanas Esperanza y Delfina continúan en O Vicedo. Saturnino abre una tienda en Baez (Las Villas), llamada La Verdad, donde vende ropa, sombreros, pieles y quincalla.

Nos cuenta Neira Vilas que al año de estar allí, Agustín enferma y tiene que permanecer varios meses encamado, por lo que se dedica a leer teatro. Cuando se repone, asiste al mayor número de representaciones que puede, charla con los actores, pregunta a los letristas y observa los decorados, las luces y todo lo que compone aquel mundo desconocido para él que cada vez lo es menos.

Deja el café-bar de su tío José y entra a trabajar en una imprenta donde conoce a Sergio Acebal (1889-1965), un futuro autor y actor cómico. Juntos se hacen habituales de los lugares frecuentados por la gente de la farándula y juntos escriben su primera obra en 1908, El canal de Panamá. Y así hasta 82 obras registradas durante 25 años. En 1928 y 1933 se contabilizan hasta ocho estrenos, un ritmo de producción casi comparable al que hace de Lope de Vega el Fénix de los Ingenios.

El éxito del que hablamos es de 1925. Cuando Agustín ejerce su labor como argumentista y autor de las piezas que se representan en el teatro Martín, le encarga una zarzuela a su colega Miguel de Luis, de tal forma que con el reparto del trabajo pueda cumplir todos los plazos.

Se llamará El servicio obligatorio y se estrenará en el Martín. Miguel de Luis cobra lo pactado por el anticipo, pero incumple su compromiso y no la escribe.

Agustín se ve obligado a galopar contra reloj y dicen que en una noche la tiene lista. La letra llega a manos de Gonzalo Roig, que con la misma celeridad prepara la música para que pueda ensayarse lo suficiente antes del estreno.

La historia de Agustín da para más, pero no cabe.

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