Seguidor de El Cordobés, donde nace el paracaidismo

Se cumplen hoy los 77 años del nacimiento en Lugo de Luis Ríos, El Pinturero

ES UN ADJETIVO torero por los cuatro costados. Basta un espada de andar garboso para que los cronistas le digan pinturero. Mayoral escribe un schotis _ ¡Pa pinturero, yo! _, que suena bastante y Arniches firma el sainete Serafin el Pinturero. Cada dos por tres se mata en las plazas un toro con ese nombre y poco antes de que Luis Ríos Losada (Lugo, 1942), se estrene en los ruedos, a su amigo Celita II también le corresponde un Pinturero de segundo. El chaval, que iba para tremendista, se lo queda para sí.

Y aunque a principios de siglo el apodo lo ha llevado un hábil carterista llamado Antonio García Cuadrado, lo cierto es que el apodo le va pintiparado, porque Luis es muy pinturero y el nombre, muy pegadizo.

A lo mejor se lo consulta a Luis López – Díaz Pallín, que en sus arranques siempre está ahí para echarle una mano por aquello de que aviadores y paracaidistas, primos hermanos.

Ése es el nacimiento del nombre torero. El de la persona sucede hace hoy 77 años, el 7 de julio del año indicado. En el edificio que sustituye a la casa familiar de la Ronda, cerca de la Porta Miñá, ha puesto el Concello una placa de homenaje por la que porfía su hermana. Bien hecho.

A todas estas, Luis se bautiza como Río, porque ése es el apellido de su padre, Jesús. El plural es cosa de las amistades, tan empeñadas en ello que la familia acaba cediendo y adopta Ríos como suyo. Un bonito ejemplo para contar cuando salga a colación cómo se forman los apellidos.

A nadie oculta que el espejo en el que se mira se llama Manuel Benítez y se apoda El Cordobés. De tremendista, a tremendista y medio, porque el lucense aporta un adorno difícil de superar. Ni el teléfono, ni el salto de la rana podrían comparase a un salto en paracaídas con traje de luces antes de iniciar la faena. Y tanto.

El 25 de 1966, Día de Galicia, se celebra en Monforte de Lemos una corrida única en la historia. La llaman “novillada enxebre” y su particularidad consiste en que reúne a cuatro espadas nacidos en la provincia. Celita II, de Láncara; Jesús Rivelo, El Galleguito, de Vilaesteba, en Oural, y los lucenses Luis Ríos y Jesús Núñez.

Las críticas son buenas y salvo el revolcón en el que Jesús pierde por minutos el conocimiento, todo sale a gusto de la plaza, que está repleta, incluida la colaboración de un taxista de Sarria, que a falta de mulillas, arrastra los novillos tras la suerte de matar.

El Pinturero corta dos orejas, y Celita II, más veterano, también el rabo. El único novillero que no es de Lugo, Salvador Muñoz, también se hace con los máximos trofeos y sale de la plaza a hombros. Se festeja a Galicia y se nota cierta generosidad en el presidente.

Luis está listo para presentarse como el único torero-paracaidista de la historia, con ganas para comerse el mundo y hacer de su invento _ el capote y el velamen _, un espectáculo fantástico. No en vano es en Córdoba donde se realiza el primero salto de la historia. Sí, yo también puse esa cara de asombro cuando lo supe. Fue Abbás Ibn Firnás en el año 852. Pues eso, siendo Luis admirador de El Cordobés y siendo Córdoba cuna del paracaidismo mundial, lo suyo está predestinado.

Se lanza sobre Getafe y apenas hay tiempo para más. Lo contratan en Colombia para saltar y torear en la plaza de la Serrezuela, en Cartagena de Indias. El viento lo lleva hacia el mar y la tragedia que suele acompañar a los toreros en los alberos, sucede en aguas del Caribe. El pintor local Enrique Grau Araújo lo plasma en un óleo que nos sirve de cromo.

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