Donar en tiempos de filantropía

El ayuntamiento de O Porriño o la plaza de abastos de Ribadeo, algunas de las donaciones de Ramón González Fernández

ERAN TIEMPOS EN los que la filantropía no causaba sarpullidos a los parásitos sociales que pretenden hacerse con el Estado para ruina del individuo y beneficio propio. Muy al contrario, quienes la ejercen son elogiados y admirados. ¡Sorprendente! Se trata de personas que han triunfado en sus negocios, o que sin haberse empoleirado entre los más ricos del pueblo, sienten la ineludible necesidad de ayudarlo en la medida de sus fuerzas. En la zona de Ribadeo, Pedro Murias, Clemente Martínez Pasarón y Ramón González Fernández (Ribadeo, 1856), se distinguen en ese altruismo; como Claudio López, Ángel Fernández Gómez y Domingo García Moldes lo hacen en iniciativas de la capital provincial.

De los citados, quizás sea Ramón González quien la haya practicado con mayor asiduidad, sin que ello signifique ni mayor ni menor mérito que el resto, aunque sí, mayor insistencia.

La fortuna de Ramón González se forja en Rosario (Argentina), donde llega a ser consejero delegado del Banco del Río de la Plata. Con 43 años regresa a Galicia, acaudalado y soltero. Con dinero permanecerá toda la vida gracias a una sabia administración que incluye una generosidad a prueba de pedigüeños. La soltería la perderá al año siguiente de llegar a manos de la vecina de O Porriño Corona González Santos, culpable de que su mecenazgo se reparta desde entonces entre O Porriño y Ribadeo.

Precisamente una de las obras por las que es más recordado en su tierra de Porcillán, la Plaza de Abastos que hoy luce su nombre en gran alarde tipográfico, como diríamos en términos de imprenta, no llega a verla terminada y es Corona, su viuda, quien realiza la donación oficial. La prensa destaca en ese momento que “para la entrega y recepción del edificio _ presupuestado inicialmente en 150.000 pesetas _, se han dado las mayores facilidades por el ministro de Hacienda”, convencido de los beneficios que redundarán en los ribadenses.

De repetirse hoy, Amancio Ortega no las tendría todas consigo para lograr las mismas facilidades. También en ese momento, doña Corona firma la escritura de compra de los terrenos donde habrá de construirse la nueva capilla de la Venerable Orden Tercera, que databa de 1679 y que hoy permanece entre las calles Dr Moreda y Reinante, inmediata a la misma plaza.

Seguramente muchos vecinos no han entrado nunca en la capilla, pero si lo hacen podrán contemplar el mausoleo que doña Corona manda construir para acoger los restos de su esposo. Oirán decir que es ampuloso, pero por el mismo motivo, es original y curioso.

Don Ramón muere en O Porriño, donde residía sin olvidar anuales visitas en Ribadeo a su hermana, doña Dominica, también caritativa dama, acompañado de su mujer y de su sobrina Micaela Fernández. De ambos municipios es hijo predilecto y si en el de nacimiento sufraga comidas anuales a los internos del Hospital de San Sebastián y San Lázaro, o construye la plaza de abastos; en el de adopción promueve el famoso edificio del ayuntamiento que diseña Antonio Palacios y que hoy sigue siendo el lugar más visitado de la capital del granito.

Prueba de que su labor filatrópica alcanza a otros lugares de Galicia es el autoclave y la caja de esterilización donados al hospital de Viveiro y la generosa ayuda donada a una familia coruñesa tras la muerte del marinero en un naufragio. Bibliotecas, colegios o escuelas de docenas de rincones le deben todo o algo de su existencia a don Ramón, cuyas espaldas aguantan las críticas que tengan a bien hacérsele.

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