Veinticuatro horas en la vida de un alcalde

Mañana hace un siglo de que Ángel López Pérez retira su dimisión, aclamado por los lucenses

SUMADO EL TIEMPO de sus cuatro mandatos no da más allá de diecisiete años, aunque en la memoria de los lucenses, Ángel López Pérez (Lugo, 1873) figura como alcalde único de la primera mitad del siglo XX. Quizá por eso se le nombra mandatario a perpetuidad, pues de ese modo nadie se equivoca diciendo que en tal o cual fecha él era alcalde o dejaba de serlo.

Narciso Correal le llama taumaturgo “de un pueblo antiguo precintado por murallas” al que convierte en “una ciudad histórica que mira de frente al porvenir”. No está mal traído.

En 1920, Antonio de Cora se pasa 12 horas a su lado para contar a los lectores de El Progreso qué hace su querido alcalde. Las otras doce horas lo deja tranquilo para que se meta en la cama sin el agobio de tener un periodista mirándole como un búho. En realidad fueron muchas más horas, porque uno y otro compartieron trabajos, no solo desde sus distintos cometidos, sino dentro del mismo equipo de gobierno municipal.

Don Ángel comienza la jornada reuniéndose con los vocales de la Junta municipal de asociados. Finalizado este primer encontronazo con la realidad ciudadana, el hombre se traslada a su despacho e inicia otra ronda de problemas que le exponen de uno en uno el contador de fondos, el oficial mayor, el arquitecto, el jefe de la guardia y algunos de los concejales; ni todos, ni siempre los mismos.

Una tercera fase mañanera es el turno para vecinos, amigos, enemigos, contratistas de servicios municipales, un vendedor de la plaza de abastos, el que venga… Suenan timbres desde el hospital, desde la casa de Beneficencia, desde donde sea. El alcalde los atiende a todos, sin que por ello desista de empujarlos suavemente hacia la salida para ir librándose de su presencia. Eso sí, tras asegurarse que se van sin rechistar porque están satisfechos de haber sido atendidos. O quizá no, pero con la cortesía por delante.

A las dos se acaba la larga mañana y a las tres ya está don Ángel entre el corrillo de amigos en su tertulia del Círculo. Es el momento en el que enciende un habano delante del café. “Entonces habla de todo, mientras procura conservar la ceniza del puro todo el tiempo posible… Cuando ya la inestabilidad de la ceniza se hace inevitable, deposita D. Ángel cuidadosamente aquel rollito gris sobre el velador, entre las tazas, y juega con él y con la lumbre del cigarro que va camino de consumirse”.

A las cuatro brinca del sillón y comienza un recorrido por las obras en marcha. El periodista cita la plaza de Santa María, el arco de Castelar, los Jardines de San Fernando, la instalación de nuevas lámparas eléctricas, el proyecto del hospital de Santa María y la calle de la Alameda. Va de una a otra y en todas se comporta de la misma forma, interesándose por su avance y por los problemas, grandes o pequeños, que les afecten.

Dice el reportero: “Goza mirándolo todo”. Pero por si al lector pudiese parecerle liviana la carga del munícipe, añade que en cada traslado de un punto a otro, don Ángel aprovecha para comprobar si el guardia se encuentra en el lugar asignado, si el barrendero pasó la escoba demasiado deprisa por una acera, si la alcantarilla está tupida, o si de un rosal falta una flor, y de ahí surge la leyenda de que el alcalde tiene en su cabeza el número exacto de rosas que hay en su ciudad, que ha de ser un dato tan hagiográfico como lo del mirlo blanco, pero bien le llega a este señor al que los lucenses piden por aclamación que retire su dimisión como alcalde, hace mañana un siglo exacto de ello.

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