El Cristo más alto del mundo que no pudo ser

Se cumplen los 95 años del nacimiento en Monforte de Lemos del escultor oficial de Dominicana y El Salvador

BEN-CHO-SHEY fue uno de los pocos gallegos, o el único, que se entera de la existencia de Benjamín Saúl Rodríguez Quiroga (Monforte de Lemos, 27-VI-1924) en su condición de escultor nacional de la República Dominicana.

En realidad, cuando Saúl regresa en abril de 1963 y expone en la sala de la Dirección General de Bellas Artes de Madrid, solo se fijan en él dos hombres, el crítico y periodista Santiago Arbós Balleste y Ben-Cho-Shey. Y de los dos, solo el segundo supo entonces que el artista era hijo de Monforte de Lemos.

En los años siguientes Saúl desarrolla una labor como escultor nacional en El Salvador, a semejanza de lo hecho en Dominicana.

Su historia se cuenta así. La familia de Benjamín es propietaria de un negocio de cerámica en Monforte y tiene propiedades en O Saviñao, pero al padre, Nemesio Rodríguez Martínez, alias Polaina _ también llamado Nemesio Polaina _, lo tratan unas veces de rentista y otras de aspirante al puesto de juez municipal.

Saúl hace la primera comunión en el Colegio de la Compañía a los 8 años y pronto da pruebas de su interés por la escultura, por lo que prepara su ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincide con los escultores Serafín de Cos y Xoán Piñeiro Nogueira, de Hío (Pontevedra).

Cuando termina, pasa al estudio del escultor murciano José Planes, que trabaja en el proyecto destinado al puente de Praga de Madrid y que se llamará en primera instancia Puente de los Héroes del Alcázar, pues sirve de camino hacia Toledo.

En 1955 consigue un contrato sorprendente. El régimen del dictador Leónidas Trujillo lo requiere para realizar allí doce esculturas. Testigos de su llegada al país lo describen como un hombre “de baja estatura y normal complexión”, que exhibe “en su duro rostro un tupido mostacho que le cubría gran parte del labio superior”.

Entre sus obras de esa época figuran la Madre Nutricia del Alma Mater, los relieves de la Secretaría de Educación, la esculturas de la Suprema Corte de Justicia y los leones del Palacio Nacional.

Su obra en Dominicana no se limita a los encargos oficiales, sino que también deja muestra de su arte en piezas de menor tamaño para particulares, que presumen de tener una obra firmada por el mismo escultor que realiza los monumentos de Ciudad Trujillo.

Al cabo de cinco años regresa a España y se instala en Valencia, donde se casa con Concha Vives. Juntos tendrán dos hijos, Saúl y Flérida, aunque en 1963, contratado por El Salvador para realizar una gran obra de la que hablaremos más adelante, deja a su familia en España.

En 1970 forma una nueva familia en América, al lado de María Esther Méndez de Anargyros, que había sido su alumna y modelo. El motivo principal de su viaje a El Salvador en 1963 es levantar un Cristo Monumental en el Volcán de Quezaltepec que sea el más grande del mundo. Para que se hagan una idea de las dimensiones del proyecto, recuerden que el gigantesco Cristo de Corcovado tiene poco más de 30 metros de altura, y el de Quezaltepec se proyecta para alzarse 110 metros, de modo que pudiera verse a gran distancia.

“Aquello no se pudo realizar _ declara poco después el propio Benjamín Saúl _. Fue Salarme quien me convenció en aquella primera fantasía de grandeza, para que me quedara y realizara la maqueta. Pero no hubo tal Cristo. No obstante, me quede a vivir en este país, desde entonces”.

Saúl, que desarrolla allí una gran actividad docente y creadora, se suicida en 1980.

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