El fotógrafo de las postrimerías

Maximino Reboredo nace el 27 de junio de hace 143 años en Castro de Rei

GRANDE TIENE QUE ser el asombro y enorme la satisfacción del historiador Julio Reboredo Pazos cuando en 1997, tras una pared de escayola en el ático de su domicilio, posa sus ojos sobre un atadijo, o simple almacenamiento, donde se encuentran 400 placas de cristal convenientemente impresionadas, obra de su tío-abuelo Maximino Reboredo Blanco (Castro de Rei, 1876). La mayoría tienen un tamaño de 13×18 cm, y el resto, 9×13 cm.

El historiador no solo ejerce de investigador con un hallazgo valioso, sino que lo hace en el seno de su propia familia, de forma que a partir de entonces podría atestiguar con imágenes la labor pionera de su pariente, que además de fotógrafo en tiempos muy iniciales, se descubre como un retratista post mortem, es decir autor de fotografías a personas muertas, como era del gusto de las familias en el momento de algún deceso para conservar la imagen del difunto, tanto si se trataba de recién nacidos, adolescentes o ancianos.

Maximino Reboredo es hijo de Luis Reboredo Fernández, a quien todos llaman el Rey Chiquito, y de Carmen Blanco. Nace el 27 de junio de 1876 en el llamado coto de San Xoán de Silva de Ribeiras de Lea, cuando ya pertenece a Castro de Rei, pero dentro de su primer año de vida se traslada a la casa capitalina de sus padres, en la calle San Marcos, donde sucede el hallazgo y donde su padre se establece como comerciante, tras volver de Cuba con un capital considerable.

Entre los años 1891 y 1893 estudia Teología como alumno externo del Seminario de San Lourenzo, pero lo abandona, probablemente, por problemas de salud. Estudia a continuación en la Escuela de Artes y Oficios, y se supone que es allí donde entra en contacto con el catedrático Sotero Bolado Alonso, hombre picado ya por el gusanillo de la fotografía, a cuyo influjo se atribuye la dedicación de Salvador Castro Freire y del propio Maximino a la nueva técnica artística.

A ese disfrute le lleva su gusto por el dibujo y la pintura, que si bien no tiene tiempo a desarrollar, sí sabemos que le permite ser autor de los telones de la capilla del Carmen que se inauguran antes de dejar el Seminario, en 1892. Religiosidad y arte que prologan la actividad fotográfica, por la que finalmente será hoy reconocido.

En efecto, los últimos años de su corta vida truncada por la tuberculosis antes de llegar a los 25, le servirán para realizar esas 400 placas encontradas por su pariente casi un siglo después. Paisajes, obras públicas, ambientes campesinos y escenarios gallegos, desfiles, ferias, calles, y retratos de lucenses, vivos o ya fallecidos.

También se preocupa de estar con su cajón oscuro en algunos acontecimientos, como la entrada en Lugo del obispo Benito Murúa (1894), el embarque del Regimiento Luzón hacia Cuba (1896), la Exposición Regional lucense (1896) y la Peregrinación Obrera a Roma, con la que acude en 1894.

El descubrimiento efectuado por Julio Reboredo tiene tres consecuencias reseñables. La edición del libro “Maximino Reboredo. Fotografías. 1892/1899”, la exposición a la que se liga, organizada en 2003, por la Fundación Caixa Galicia, y el libro “El retrato y la muerte”, (La tradición de la fotografía post mortem en España), de la doctora en Historia del Arte, Virginia de la Cruz Lichet, donde figuran 185 instantáneas de difuntos, entre ellas, los recogidos por Maximino y por el redactor de El Progreso, José Luis Vega, a quien Virginia atribuye ser los más modernos de toda España. En este caso, el mérito radica en la modernidad, más que en la antigüedad.

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