La única civil en la guerra de Marruecos

Hace 110 años, la lucense Concha Prieto atraviesa la península tras los pasos de marido, soldado en África

APENAS SE SABE la aventura que corre durante una semana de su vida, hace ahora 110 años, pero es tiempo suficiente para que Concepción Prieto (Lugo, 1890) pudiese protagonizar una película de amor arrebatado.

Antes de cumplir los dieciocho su familia se traslada a Vigo, donde conoce a José, un reservista del que se enamora como una descosida, es decir, mucho; y se casan.

Pero el hombre debe incorporarse a división Sotomayor, un contingente de 11.000 hombres que ha de desembarcar en Melilla el 30 de septiembre de 1909.

Cuando José recibe esa orden, Concha decide no ser una más de las miles que durante meses suspiran por la vuelta de sus maridos. Ella no. Se vestirá de soldado y sin decir nada a nadie, viajará con él a donde sea.

A su cabeza acude una imagen insoportable. José es herido en el campo de batalla y ella no está a su lado. Imposible. Entonces se corta el pelo y pone en marcha su plan. Su marido la descubre y se lo prohíbe. Discuten y finalmente accede a quedarse. Pasan sus últimas horas en Galicia juntos y armoniosos. Cuando llega el momento de la triste despedida, Concha cumple a la perfección su papel de resignada esposa que llora en la estación del tren.

Sin embargo llega a su casa, enjuga las falsas lágrimas del adiós, reúne el poco dinero que tiene y pide prestadas otras perras a sus amistades.

_ ¿Qué vas a hacer?

_ Luchar por la vida, que es lo que me corresponde _ les dice.

Horas después de que José suba al convoy militar que lo lleva a Madrid, Concha se pone en marcha para seguirlo. La primera etapa la lleva de Vigo a Astorga, vaya usted a saber de qué forma y manera. En la capital de la mantecada se queda sin dinero, pero “gracias a mil ingeniosos ardides”, avanza hasta León y llega a Madrid.

Allí está todavía José, cuya sorpresa, alegría y enfado al verla, todos en uno, son épicos. Seguramente ella pensó que viéndola allí, el ejército se apiadaría de su situación y le permitiría realizar el tramo Madrid-Málaga al lado de su queridísimo José, pero en los cálculos militares ese supuesto no existe.

Como es una especialista en disimulos, Concha cede y solo pide que le dejen dar el último abrazo a su Pepe. Deseo concedido. Sube al tren, se lo da, se hace con una manta y busca en una carrera el vagón de las mulas. Se mete entre ellas, se cubre con la manta y se queda quieta hasta que el tren parte.

En esos minutos de espera, un oficial abre la puerta del furgón, ve el bulto y le dice al soldado que le acompaña: “Vamos, que llevamos patatas.” Ha superado todas las pruebas y ese 8-IX-1909 viaja hacia Málaga a pocos metros de su marido. Para su desgracia, el tren ha de parar en varias ocasiones y en una de ellas, al comprobar el estado de los cuadrúpedos, un militar la descubre, pero el oficial del tren, ante todas las opciones que tiene, elige la más favorable a sus intereses, pues permitirá que continúe el viaje hasta la estación andaluza.

Allí vuelve a verse con José hasta que los embarcan con destino a Melilla el 14 de septiembre. El hombre trata de convencerla para que vuelva a Vigo, pero se niega y solicita, sin éxito, ir en el mismo barco.

En Melilla los soldados son recibidos por disparos que por fortuna solo hieren a dos mulos, los compañeros de viaje de Concha. Luego, ya en tierra, los gallegos levantan la moral de la tropa haciendo sonar las gaitas que llevan consigo.

El caso comienza a ser conocido por un periodista del Diario Malagueño al que se lo relata. Le dice que al llegar, un hombre quiere que lo acompañe, pero en el camino se les cruza Rosa Casola Ruíz, vecina de Lagunillas, que al verla con el personaje, le advierte de su catadura y se ofrece para acogerla.

Pasan unos días hasta que José Paradela, oficial de Correos de Málaga, facilita a Concha el viaje a bordo de Ciudad de Mahón con destino a Melilla, donde ella puede estar cerca de Pepe. Ella le comenta al periodista:

_ Mi José no estará solo. Si cae herido, yo lo cuidaré. Si lo matan, morirá en mis brazos. ¡Y ya verán los moros de lo que es capaz Concha Prieto como me maten a mi José!

Y ahí acaban las noticias sobre la mujer soldado.

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