María Castaña, entre la leyenda y la realidad

El 18 de junio de 1386, la mujer mata al mayordomo del obispo de Lugo. ¡Tiempos de Maricastaña!

LA MUJER ES tan universal que acoge en su seno lo que es de ella y lo que no también. Se le aplica la historia y tan ricamente. Se le cuelgan leyendas, y no hay rechazo. Se le hace dueña de un cancionero y amén.

Romero Larrañaga fue de estos últimos y nadie chistó ni mu. Tal como cantan las coplas de María Castaña, escribe Romero: “Cada uno tiene, señoras mías, / sus aprensiones y sus manías”. ¿Pero cuáles son las coplas de esta mujer? No se sabe; o mejor dicho, las que usted quiera adjudicarle.

Certeza mayor no cabe. María Castaña no yerra, pues resulta ser mujer que todo lo sabe. Y aunque lo frecuente es encontrarla precedida de la fórmula “en los tiempos de…” para indicar que ha llovido varias veces y en abundancia, no es raro tropezar con alusiones a tales coplas, como si la autora fuese ella, o se cantasen desde tiempos muy idos, o vaya usted a saber qué.

La imprecisión la rodea por doquier y así cada uno puede decir lo que le venga en gana. Gómez de Baquero, por ejemplo, trata de determinar si María Castaña (A Pobra do Brollón, 1366?), también llamada Castiñeira, esposa de Martín Cego, que tal día como hoy da muerte a Francisco Fernández, mayordomo del obispo de Lugo Pedro López de Aguiar, es la misma persona a la que refiere el dicho de los tiempos, y concluye que para determinarlo con exactitud habría que averiguar desde cuántos años se repite el dicho de Maricastaña.

¡Aleluya! ¡Hemos hallado el método! ¿Desde cuándo alude usted a María Castaña? ¿Desde el primer Arde Lucus? ¿Desde que hubo patos en el parque? Pues entonces va a ser que no.

Antonio Zozaya le da una vuelta de tuerca, y para dotar de mayor lejanía y exotismo al personaje, habla de la reina María Castaña de Indias, que ha de vivir más allá de Samarcanda, y haber reinado de Marco Polo hacia atrás.

Campoamor había hecho versos de su vejez con el himno del menorero: “Las hijas de las madres que amé tanto / me besan ya como se besa a un santo”. Y Felipe Aláiz le replica diciendo que el poeta es “un cuáquero con pretensiones de diablo”, pues su musa es la más casta de las amantes: se llamaba María Castaña. Pobre Campoamor. Otros personajes le disputan el arquetipo de la antigüedad, como el archinombrado Matusalén, o Rita la Canastera, o su prima Rita la Cantaora, la condesa de Galapagares, Luis Candelas, Viriato, Juan Lanas, y por qué no, los tiempos del sanedrín, de la polka, del cuplé y de la pera.

Competencia más homónima tiene la lucense en otra mujer, burgalesa ella, a la que llamaron Tía Castaña, bien por mote, bien por bautismo. Era dada a los ensalmos y las adivinaciones, bruja por más señas. En su época le decían que consultaba horóscopos; vamos, como cualquier juez de Vigilancia Penitenciaria, y que de su boca salían pronósticos muy acertados: “Cámbiate la basquiña de estameña, suéltate el pelo y te casas”. Eso fue hace tiempo, ya digo, y Tía Castaña devino en María Castaña. Puede ser.

Luguesa del coto de Lodeira y donante de Cereixa, o burgalesa de pócimas humeantes y barajas con apresto. No podemos jurarlo, pero Teodosio Vesteiro Torres se arroja en brazos de la gallega y da rienda suelta a las posibilidades más favorables a Lugo, que es lo obligado en casos de tanta imprecisión. Tirar para casa como los franceses.

¿Y qué decir de Aureliano José Pereira de la Riva, que la encumbra y ensalza entre Agustina de Aragón y María Pira: “muerto ya el despotismo / crece la ciudad lucense”. Tal cual, oye.

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