La pésima educación

En Urbanidad nos enseñaban a ceder la acera a los mayores, a guiar invidentes en los pasos de cebra y a respetar el desfile de los cortejos funerarios sin que en ningún caso nos preguntásemos por los antecedentes policiales de los peatones, de los ciegos o de los muertos. El niño bien educado abría la puerta y dejaba libre el tránsito a los adultos sin necesidad de informarse previamente sobre la catadura moral de cada individuo. No había excepciones. Nunca se justificó decir: “Usted quédese ahí, que prevarica como un cosaco”. Ni mucho menos se discriminaba entre señoras virtuosas y putas recatadas. ¿Quién eras tú para juzgar a nadie? Y mucho menos, para hacerlo delante de un cadáver, que por muy atroz que hubiese sido en vida, era ya un proyecto de polvo universal.
En ese espíritu democrático e igualitario nos dieron educación durante la dictadura. A la vista del comportamiento de ciertos diputados, podría decirse que en democracia se educa con otros criterios basados en la discriminación, el capricho y el me da la gana.
Hace falta ser merluzo del pincho para regatear un comportamiento de estricta urbanidad ante un fallecido. Hace falta ser engreído y presuntuoso para creerse superior a esa persona, al presidente del Congreso que propone el saludo y al Congreso mismo, que debe representar el paradigma de la buena educación.
En el caso que nos ocupa no se estaba realizando un análisis político – moral del personaje fallecido, momento en el cual sí caben críticas y discrepancias. Se le estaba despidiendo con los honores que corresponden a un hombre cuya figura lleva pareja la representación religiosa de más de mil millones de congéneres, y por lo tanto, el feo que protagonizan estos ocho chisgarabís no lo recibe sólo quien se ha muerto, sino todos los que en ese momento se sienten de luto.
Los maleducados están de enhorabuena. Ya ocupan escaños parlamentarios.

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