Goyanes, un primer espada contra el cáncer

El médico de Monforte, nacido el 16 de junio de 1876, acaba siendo el máximo especialista en Miguel Serveto

SIEMPRE FUE UNO de los grandes, desde las aulas, hasta alcanzar el prestigio mundial, con aportaciones decisivas, como es la anestesia intrarterial. Es elegido primer espada en la lucha contra el cáncer, y pasado al campo del humanismo, brilla sin reparos.

No obstante, cada vez que se penetra en la vida de José Goyanes Capdevila (Monforte, 1876), nacido el 16 de junio como hoy, se tiene la sensación de no haber sido reconocido.

Su brillante expediente académico no pasa desapercibido ni para la prensa diaria, como El Globo, donde se dice que “Goyanes lee cuanto se escribe de Medicina, y sigue afanoso los adelantos de la ciencia”. En 1905 obtiene por oposición la plaza de cirujano del Hospital General de Madrid, que ocupa siete años. Todos lo señalan ya como el mejor cirujano de la capital y su fama traspasa fronteras, siendo llamado a palacio para atender al rey, a quien acompaña a Las Hurdes, donde tiene ocasión de afeitarlo, a falta de barbero.

Su investigación arroja nuevas técnicas para la cirugía vascular, como la que lleva su nombre, Goyanes-Lexer, en operaciones de aneurismas arteriales, o la que le da mayor fama, el descubrimiento de que es posible administrar la anestesia por vía arterial.

Cuando en 1922 se crea el Instituto Nacional del Cáncer, Goyanes es elegido su primer director. Es cesado en 1935 sin advertencia previa; ya que él se entera leyendo la Gaceta Médica. Al parecer, el cese se atribuye a motivos políticos, poniendo como excusa la desaparición de unas agujas de radium del Instituto que un paciente tira al retrete sin dar inmediato parte a las autoridades sanitarias. Le sucede Pío del Río Hortega, con quien había viajado a París al Congreso Internacional del Cáncer.

En la guerra, Goyanes es cirujano en Salamanca y al finalizar regresa a Madrid donde ejerce hasta 1945, año en el que marcha con su familia a Canarias en busca de un mejor clima para sus dolencias, pues allí reside su hermano Vicente. Su presencia en las islas es cada vez más constante. Cuando cumple los 53 años decide centrar todos sus esfuerzos en el aprendizaje del latín. Quien lo conoce entonces dice que comprende que “quien no conoce el latín está incomunicado con la humanidad sabia de todos los siglos anteriores al XIX de nuestra era”. Una buena razón para memorizar y repetir cada vez que a algún cabestro le dé por decir que “estudiar latín no sirve para nada”.

El periodista leridano Jaime Torrubiano Ripoll, abonado a la causa de Don Juan de Borbón y colaborador de Goyanes en el estudio de los jarabes, escribe en 1933 que “no es posible, sin saber latín, acometer trabajos científicos de alta investigación, porque las fuentes originales, cuyo manejo directo es indispensable, están escritas en latín, cualquiera que sea la disciplina”.

Esto le permite, agrega Torrubiano, abordar obras como El sentimiento cómico en la vida y en el arte, Tipología del Quijote, El Greco, pintor místico, Los Atlantes, epopeya de los castellanos por el mar, Descripciones geográficas de Miguel Servet, y muy especialmente Miguel Serveto, su monografía no médica más trascendente.

Se trata de la primera obra de investigación directa que se lleva a cabo en España acerca del médico aragonés, conocido como Miguel Servet. Goyanes defiende que debemos decir Serveto y no su apellido afrancesado.

El monfortino invierte tiempo, viajes y dinero a esa obra fundamental en todas las bibliografías de Serveto.

Comenta