El canónigo Santomé que hizo de Curro Jiménez

Denuncia el escaqueo de los poderosos, levanta al pueblo contra los franceses y escapa siendo prisionero

SANTOMÉ ES APELLIDO templario, por más que lo simplifiquemos diciendo que es Santo Tomás en gallego. Godefroi de St Omer fue uno de los fundadores de la orden y vive Dios que la misma sangre guerrera parece correr por las venas de nuestro personaje, aunque sea de sumo riesgo defender que su Santomé y el del templario responden al mismo linaje, ni mucho menos.

La ubicación y ramificaciones de los Santomé a lo largo y ancho de Mondoñedo están muy bien narradas por Andrés García Doural y a él les encomendamos. En cuanto a Félix Santomé Aguiar (Alfoz, 1765?), Manuel Molina Mera _ anagrama de Manuel Amor Meilán, como sabrán _, nos indica que es sacerdote y patriota, y que nace en Carballido de Alfoz, donde allá por 1793, siendo canónigo de Mondoñedo, costea su bien plantada, aunque modesta, iglesia de San Sebastián. Se puede ver en Barbeito y en ella, una placa que recuerda el acontecimiento arquitectónico.

Bien podían los Santomé financiarla, pero como en todos los casos de generosidad, también podían abstenerse; tanto él como sus hermanos, José, Juan Lorenzo y Francisco, regidor de Mondoñedo. Casi como los Médici, que en Lorenzo tuvieron a su Magnífico.

A Félix, el Médici eclesiático que se había ganado la dalmática en Mondoñedo, lo describen culto, recto y valiente, cualidades que va a tener ocasión de demostrar con creces.

En 1808 ocurre lo que el lector sabe. Los franceses quieren que España cambie de apellido dinástico y de paso, afrancesar a mansalva, lo que no está tan mal visto por todos. En tal semana como la presente de 1808, el obispo Aguiar y Caamaño ordena constituir la Junta patriótica, con Santomé dentro de ella, como censor vigilante de todo lo que juzgue incorrecto. Abusos, traiciones o corruptelas como la de librar del servicio de armas mediante pagos bajo cuerda, están entre sus cometidos.

Tan grande es el cabreo de las gentes pudientes por los choriceos que Santomé denuncia, que la Junta opta por cargárselo, incapaz de leer los renglones torcidos de Dios, de recto y honrado que nos ha salido el hombre.

Se queja don Félix a las instancias mayores y no les queda otra que restituirlo. Y en el cargo está cuando Fournier se apodera de la cunquiña deleitosa, vulgo Mondoñedo, quizás para bebérsela de un trago y llevarse de ella hasta la catedral.

Santomé llama a los asturianos que comanda Ignacio Pintado y a la ciudad llegan trescientos de ellos, pero los franceses lo tienen calado y contra él se dictan órdenes severas el 23 de marzo de 1809. Se le acusa de seguir una pérfida conducta, de espía, de llamar a los asturianos y de violar todas las leyes de la Religión “procurando que se asesinase al Alcalde Mayor y haciendo saquear a varios habitantes del pueblo”.

Le perdonan la vida, pero acuerdan que sea degradado del título de canónigo y que sea conducido “a Ferrol o a Coruña” para ser encerrado en un convento. La orden ha de ser leída en los púlpitos de todas las iglesias de la diócesis.

Lo detienen, lo encarcelan y finalmente lo trasladan a Ferrol para que allí hagan de él un cartujo a la fuerza. Pero mira tú por dónde, el señor canónigo, solo o en compañía de otros, burla la vigilancia de los soldados que lo custodian y escapa de la patrulla por los montes de O Valadouro. No sabemos si tira hacia Vilacampa, o hacia Buio. Por el contrario, sí se sabe que vive alejado de los ojos galos mientras permanecen por las tierras de Miranda.

Los últimos años de su vida los pasa más félix que un ocho en su cargo catedralicio. Por su gesta cobran nueva fuerza los versos de los Santomé que dicen en piedra: “Este blasón y estas armas / las ganaron por la fe / herederos y oriundos / del solar de Santomé. / Y siendo el Rey noticioso / de hazañas tan bien vistas / cinco leones les dieron/ los que estas arman pintan.

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