La espía que nunca espió, 75 años después

Hoy se festeja el desembarco de Normandía como el principio del fin de Hitler en el que Araceli tuvo mucho que ver

FUESE ANTES O después; fuese en el bunker de Berlín; en Argentina, Paraguay o donde le pilla la Parca, lo cierto es que el último acto de Hitler en esta tierra fue escupir sobre el nombre de Garbo, no solo por interponerse en su camino para impedir la culminación de su enloquecido sueño, sino muy especialmente, por ser el único que logra engañarlo de principio a fin, porque a sus ojos es un insignificante personaje y porque para derrotarlo le bastó con provocar el estornudo de una mariposa.

En realidad Garbo lo forman Juan Pujol García (Barcelona, 1912) y Araceli González-Carballo González Lugo, 1914). Ambos vivirán la guerra española siendo veinteañeros y en circunstancias muy dispares, pero al final de la misma unirán sus trayectorias durante seis apasionantes años de guerra europea pasados en Burgos, Madrid, Lisboa y Londres.

Lo ocurrido en ese tiempo constituye una aventura tan peculiar, extraña e inverosímil, que solo penetrando en ella hasta el fondo, se admite como cierta. Sin saber con exactitud a qué se están obligando, optan por ofrecerse a los ingleses para luchar contra Hitler antes de que los EE. UU. entren en combate. Luego, la negativa de éstos a admitirlos, su afán de aventura, la necesidad de dinero, su cabezonería, las ganas de escapar de la posguerra española, una habilidad extraordinaria para el fingimiento y la mentira, así como el miedo a que el nazismo acabe por dominar el mundo, se suman para dar como resultado una actividad que no se puede calificar de espionaje, ni de agentes de doble militancia, como ha venido haciéndose sin advertir que ni Juan ni Araceli han espiado jamás nada, tal como se entiende esa acepción, ni mucho menos han sido agentes de ambos bandos.

¿Qué fueron entonces?Los años de referencia se dividen en tres etapas muy bien diferenciadas. Por lo tanto, la respuesta que se busca también será triple, de acuerdo con el momento que se examine. En la primera solo cabe distinguir dos personajes, como tantos otros, que se buscan a sí mismos y a su destino en un ambiente dominado por el fin de la guerra española y el anuncio de una paz que tampoco es garantía de nada, pues la presencia de Hitler en Europa garantiza que serán inevitables nuevas batallas. En este primer tramo son dos españoles en expectativa de destino, poco más.

Su boda y el inicio de una vida en común es el preámbulo para la segunda etapa, la más asombrosa, pues tras ser rechazados como colaboradores del bando aliado, confían en que pueden lograrlo si hacen creer a Alemania que son fieles agentes a su servicio, aunque no conozcan ni un solo dato de interés; y lo más sorprendente, diciéndoles, sin ser descubiertos, que se encuentran en Londres, cuando en realidad viven en Lisboa. El calificativo más adecuado en esta segunda etapa es el de haber sido unos fabulosos farsantes.

Finalmente, cuando Inglaterra descubre que tienen en ellos un diamante en bruto para la desinformación, Juan se convierte en Garbo, un funcionario de los servicios de contraespionaje, La nueva situación es mucho menos romántica que la anterior, pero de consecuencias demoledoras para los nazis. En ese momento podemos decir que él es un agente oficial a sueldo y Araceli, un ama de casa tan aburrida y llena de morriña, que presiona con irse de la lengua si no la dejan volver a España.

La casualidad y la necesidad hacen que finalmente Inglaterra conozca su caso y lo aproveche para hacer posible la campaña de desinformación que facilitará el desembarco de Normandía, cuyo 75 aniversario se celebra hoy.

El sobrino de Araceli y diputado del PSOE en las Cortes constituyentes, Fernando González Vila, considera que “está clara la diferencia entre Juan Pujol y Araceli en cuanto a la iniciativa. Araceli era mucho más decidida en ese sentido que Juan; Juan era muy buena persona, un hombre extraordinario, pero no tenía esa capacidad de energía, de vitalidad, de arranque que tuvo Araceli”.

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