El deán que salvó el símbolo de Lugo

Faltan cuatro años para los 200 de A Mosqueira, que no es construcción sino falta

SI NADIE SE opone, y tiempo habría para hacerlo, a Manuel Fernández Varela (Ferrol, 1772) le corresponde el honor de haber salvado para la historia y para la ciudad los forínsecos de la muralla en A Mosqueira, tal como los conocemos hoy, o tal como nos los presenta Neira de Mosquera en 1850, con sus doce ventanales en sus dos hermosos pisos.

No sería nada extraño que así fuese, porque Fernández Varela, ya era en ese momento el vecino de Lugo con la cabeza mejor amueblada de los contornos, dado que se habían cumplido más de treinta años desde la desaparición de Juan Francisco de Castro, el famoso Doctor Castro, y veinte desde la de Cornide, de modo que otra competencia no había.

Por aquel entonces, siendo deán y canónigo de la catedral lucense, el rey lo nombra su predicador supernumerario y lo condecora con la cruz, también supernumeraria, de la Real y distinguida orden de Carlos III. Es decir, mucho perendengue para un deán cualquiera de una provincia periférica.

Y es que don Manuel, además de un piquito de oro para predicar, y otro para el comer y el beber, tiene el conocimiento de los ilustrados que a los demás falta. Rossini paga su cocina con el Stabat Mater, Galdós lo llama ”verdadero prócer”, y Fernando VII lo nombra Comisario General de la Cruzada. Estaba predestinado para nacer en Pobra do Caramiñal, pero su madre, Agustina Varela, se mueve tanto para estar con su esposo, el oficial de la Armada Andrés Fernández, que un día se le cae el niño en la departamental y lo hace ferrolano.

Luego de darse lustre universitario en Santiago, inicia su irresistible ascenso en Sada y pasa en Lugo una larga temporada como deán y canónigo, desde tal día como hoy, 4 de junio de 1815.

Hay que imaginarse lo que sucede en 1823. El viento, la lluvia y la falta de medidas previsoras provocan que de los forínsecos se desprendan varias piedras. Algunas amenazan los cráneos de respetables damas cuando acuden a misa de mañana. Una laja alcanza a don Desiderio, tablajero con puesto abierto, y lo deja seco en la calzada. La indignación ciudadana se desborda. Ese muro no sirve para nada y además mata. Hay que chimpar todas sus ventanas, que hacen equilibrios por no caer a poco que sople un céfiro.

“Famosos muros”, solían decir en la época. Nada de muralla, que suena pomposo y señorial. Un muro se tira cuando se quiere, pero aunque todavía no ha llegado Rof Codina con sus cálculos sobre lo costoso que resulta llevarlo a Coruña, todos intuyen que esas piedras amontonadas han de quedarse in situ.

El peligro está en los forínsecos. Fuera con ellos.

Y don Manuel, sin poder creérselo. Piensen que es arquitectura muy valiosa. Nada, nada; un peligro.

En el último momento, arrollado por la masa, cede y trata de llevarse al menos la honra de la excepción. Pide entonces que se conserve una muestra de lo que eran esos muros. Pierde la guerra, pero gana una batalla y gracias a su esfuerzo hoy subsiste uno de los símbolos más característicos de la ciudad, A Mosqueira.

Nueve años después, El Correo de Madrid hace referencia al hecho y aboga por acometer las necesarias reparaciones de los desperfectos infringidos en 1823 por culpa de la impericia. Y sabedores del papel que juega en el asunto Fernández Varela, interpretamos que la impericia a la que alude El Correo no es torpeza en el manejo de los martillos, sino en el buen uso de las neuronas.

Muchos años después, no lejos de A Mosqueira, cae otra laja de un lienzo. Asusta a una mula y el carro del que tira mata al niño que viaja en él. Los antimurallistas vuelven a tronar, pero ya no hay forínsecos contra los que descargar su furia.

Ahora los argumentos se nutren de razones para una segunda y definitiva andanada. Lo que ahora hay que demoler es la muralla por entero.

Un comentario a “El deán que salvó el símbolo de Lugo”

  1. Ramón

    Menos mal que chegou os nosos días, polo que parece a pouco a perdemos.

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