López de Neira, de lazarillo al resplandor

Se cumple el centenario de su muerte y los 140 años de su pionera iluminación en la calle del Príncipe viguesa

LAS PASADAS NAVIDADES, cuando Vigo brillaba más que la estrella de Oriente, al alcalde Caballero se olvidó mencionar que estaba a punto de cumplirse el siglo del fallecimiento de un antecesor suyo que había traído la electricidad a la calle del Príncipe. Debió hacerlo, porque sin él sería imposible que su ciudad presumiese de tanta luminaria.

Ese hombre fue Antonio López de Neira (Sober, 1827), un tipo que siempre tuvo las ideas tan claras como los chorros del oro, desde que sale del lugar de Naz, en la parroquia de San Miguel de Rosende, hasta que le deja a Caballero la herencia de la luz para que llene Vigo de admirados visitantes.

Se cuenta de sus inicios que ejerce de lazarillo de un ciego, que es oficio maravilloso y augurio certero de que su sino en esta tierra ha de ser cumplir los deseos de Goethe en sus postrimerías: ¡Luz, más luz!

De guiar a un ciego salta a ser tendero. Y de ahí, a comerciante, a chocolatero, a fabricar papel, a los trasatlánticos, a la banca o al abastecimiento de agua. Su ascenso es imparable, pues algo hay en él que lo distingue del resto de los ciudadanos, como si llevase delante de sus pasos un farol para ver todo antes que los demás.

Algo de eso hay, pues llama la atención con juicios o explicaciones que su círculo tarda en comprender y mientras dura su asombro, exclaman: ¡Cosas de don Antonio! Que es como decir: No te lo voy a explicar, porque ni yo lo entiendo.

Don Antonio no se limita a cuidar de sus negocios, sino que pronto interviene en la administración de los bienes públicos, como era habitual entre los hombres con iniciativa de aquella época. Así lo vemos en la Cámara de la Propiedad y la Junta de Obras del Puerto. Es diputado provincial, teniente de alcalde, alcalde, y presidente de la Diputación, todo ello en feliz armonía con la política de José Elduayen, de quien es amigo, colaborador y representante.

A la par, dicen que es generoso y que su casa se llena por Pascua de gente en romería para pedirle el bollo. Bravo por don Antonio. Tuvo suerte de no vivir hoy, porque le afearían el crecimiento y la generosidad. Nada como vivir de la gorra y ser mísero hasta el pecado.

Pronto llegan a sus oídos las aplicaciones prácticas que se consiguen mediante la electricidad, una energía que se vislumbra de importancia capital para el futuro de las sociedades desarrolladas y él quiere que Vigo lo sea por encima de cualquier otra consideración, de modo que ya en 1880 _ tan solo 140 años nos separan de ese momento _, organiza lo necesario para presentársela a sus convecinos en su forma más espectacular, la de la luz, como bien sabe don Abel.

Faltan seis años para que la ciudad de la oliva disponga de alumbrado público en toda la extensión de la palabras, pero López de Neira se hace en París una primitiva dinamo, evolucionada del sistema Drummond, y se la trae a la calle del Príncipe.

La crónica periodística de lo que allí ocurre es tan trascendente que merece la pena conservar su literalidad:

“El miércoles por la noche se probó en casa del señor López de Neira la luz eléctrica que para mayor lucimiento de las próximas fiestas del Santísimo había encargado a París dicho señor. La proverbial naturalidad y amable deferencia del señor Neira fue causa para que muchos de sus amigos se personasen en la rica morada y deliciosa huerta a presenciar los efectos luminosos del aparato, el cual funcionó bien, llevando la luz a larga distancia, y que al reflejarse en las galerías y casas del Placer de afuera, produjo agradable impresión entre las personas que inesperadamente se vieron inundadas por una claridad tan intensa como la del sol, aunque de melancólico reflejo como la luz de la luna. Una de las cosas que más nos ha llamado la atención en aquellos momentos fue el asombro que la luz produjo sobre los insectos que se albergaban entre el ramaje de los árboles, que vistos desde lejos parecían pintados con un verde ultramar, más bien que obras de la naturaleza”.

Jornada luminosa la de este caballero de Naz.

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