Un museo rococó en el centro de Chantada

Hace un siglo Costa Figueiras publicaba su novela La sugestión de América tras regresar del continente

DE LA SAGA de los Costa chantadinos quizás el más viajado sea el patriarca, José Costa Figueiras (Pantón, 1880), a quien la prensa llama docenas de veces “atildado escritor”, y aunque ya sabemos que es por bien, por pulcro y elegante, de tanto repetir el piropo, induce a pensar que se lo dicen por otros sinónimos, como emperejilado, relamido o emperifollado, y eso, ni a un escritor como Costa, ni a ninguno en general le sienta bien. ¡Emperifollado! ¡Fíjense ustedes!

Emperifollado se pone Fernández Mato para hablar de él diciendo que “entierra el arado de sus entusiasmos en el futuro y pone en su pipa el opio de su nostalgia”. ¡Jesús, Ramón; que hay niños delante!

José es el Costa más viajado, aunque su hijo Costa-Clavell traduce a Colette, y su nieto, Costa Gómez, se cartea con Ernesto Sábato, Atlántico mediante. Él vive unos siete años en Argentina, tiempo suficiente para impregnar toda su obra del espíritu de la emigración gallega.

Este año se cumple el centenario de la publicación de su novela La sugestión de América, editada por Ramón Sopena, como Las fraguas de la fortuna, ambas con tapas muy bonitas y coloristas que animan a la compra en aquellos años con tanta portada aicónica y acromática, sin monos, o como se diga.

Creo que La sugestión… se vende bastante bien y todo el mundo repite eso, que ha atrapado el olor a América y el sentir de la emigración. Fernández Mato descubre a sus lectores de Javier Azores, su protagonista, es un trasunto del propio Costa, lo cual lo descubre cualquiera con el avance de las páginas, como se adivina en los labios de sus coetáneos que si hablan de Pepe Costa están hablando de él.

No obstante la novela preferida del autor es Los agros de Sureda, más difícil de encontrar hoy en papel, pero accesible en Galiciana. En ella realiza otro trasunto, que en este caso es geográfico, pues donde dice Sureda, como pueden ustedes suponer, debe decir Chantada.

Durante un tiempo se corre por Lugo que Pepe Costa Figueiras tiene una casa en Chantada con todas las trazas de ser un museo. Y cuando a la gente le da por exagerar, añaden “mejor que el de Lugo”. Bueno, ya se sabe que aquí siempre hubo mucho derrotista, mucho negacionista de la romaneidad de la muralla y bandas asilvestradas de snobs que no han visto más allá de la Fervedoira.

Pero sí. El caso es que al domicilio de Costa se le atribuyen cincuenta cuadros de François Boucher colgados con alcayatas de sus paredes, que no es moco de pavo, porque Boucher es uno de los pintores más sensuales y excitantes del rococó y solo su Mademoiselle Louise O’Murphy desnuda es pintura suficiente para poner intranquilo a cualquiera en la habitación donde la instalen. Que no se levante nadie. Mademoiselle no está en Chantada, sino en Munich.

Otras piezas menos perturbadoras de aquella colección/museo son La coronación de Luis Felipe de Francia, del madrileño Antonio de Brugada, un retrato del obispo de Tui, monseñor Casarrubios y Melgar; un Bernini, objetos que pertenecieron a Ana Bolena y un gabinete que figuró entre los muebles de Jeanne-Antoinette Poisson, más conocida como madame de Pompadour. Ahí queda eso.

Antonio Domínguez Olano, al que también le llegan las ondas acerca de este tesoro, se desplaza a verlas en Chantada y después firma un reportaje en La Noche, donde nos lo narra.

En determinado momento le pregunta si ya tiene un heredero literario y el patriarca dice: “Sí, señor, aunque no puedo adelantarle nada sobre lo que será. Por Pueblo, Domingo y revistas de nueva creación anda la firma de Javier Costa Clavell, que es hijo mío”.

Olano insiste: “Sinceramente, ¿ve porvenir literario en él?” Y Pepe Costa salta: “¡No me meta en aprietos!”

Habrá sido por prudencia, o por no caer en nepotismos, pero estamos seguros de que a Xavier no le gustó ni un pelo aquella reacción de su padre.

Comenta