Dalí, el Otero Besteiro del Mediterráneo

Hoy hace un cuarto de siglo desde que muere en Madrid el genial escultor de O Corgo

SE CUMPLEN HOY los 25 años de la muerte de Francisco Otero Besteiro, que baja a su tierra de O Corgo con tan solo 61 años de permanencia en ella. Su mal corazón no estaba a juego con su temperamento desbordante y le acaba fallando pronto, como temía desde mucho tiempo atrás.

Hablando de artistas precoces en el morir y de los lugares que los ven nacer, siempre se piensa que debería haberse hecho lo que no fue posible por su temprana marcha, pero es mentira. Cuando la muerte llega en sazón, ocurre lo mismo. Nunca se hace lo oportuno.

Lugo sería una ciudad fantástica plagada de animales que salieron de la portentosa imaginación de Ote (O Corgo, 1933). El rinoceronte que existe en la plaza del Humilladero de Villaviciosa de Odón luciría espléndido frente a los institutos, como símbolo de las barreras que solo la enseñanza consigue derribar.

La vaca tumbada que estuvo a las puertas del Museo de Arte Contemporáneo encajaría a las puertas del parque para recibir a los comedores de pulpo como anuncio de una siesta reparadora, y la mosca-tumba, en O Corgo, o en San Froilán, como punto y final del viaje.

Claro que sí. Y quien dice Otero, Eireos dice, o Pestana, o cualquiera que trabaje en el sano afán de embellecer, pero salvo Roma, que se puso por ciudad lo que le dio la gana, y Nueva York, que se pone de todo, el resto estamos muy limitados.

Otero era una fábrica de asombros y su capacidad para producir sorpresas no se limitó a su obra, sino que se desbordaba a lo largo de su vida como un fluido natural y espontáneo.

Lo mismo podía vender bosta de vaca enmarcada a cien mil pesetas la pieza, como recordaba Luis Pérez hace tiempo, que hacerse acompañar del mono Manolo, un perfecto caballero a la hora de levantar la tapa de inodoro, utilizarlo sin salpicar y lavarse luego las manos, que es el recuerdo más impresionante de la infancia de Paola Dominguín, según confesión propia. ¡El mono hacía más cosas que yo!

A los genios como Otero Besteiro se les tiene por locos mientras viven y se les añora cuando ya no están. Que no se quejen. Hubo épocas en las que se los mataba directamente y sin preguntar.

Su apego a los animales no es exclusivamente voluntario. De hecho siempre dijo que en sus inicios le llamaban la atención las cabezas de los niños, los curas con paraguas negros y las cajas de los ultramarinos.

Después vino aquel encargo de reproducir un caballo pura sangre que se acababa de morir, la vaca tumbada, el gato, el jabalí, el rinoceronte y las famosas cabras preñadas de Durán. Todo un zoo fantástico que se completa cuando a través de la Garbo lucense Araceli González Carballo/Kreisler, la ENA, Empresa Nacional de Artesanía, le encarga la imagen de un trofeo y él piensa en una ostra.

Sí, una ostra. ¿Qué artesano es capaz de mejorar la belleza de una perla sabiamente fabricada con su propio nácar? Sin discusión.

A partir de aquí su animalia se prolonga y expande en el jardín mallorquín de los March quienes le dan vía libre para colocar todo un zoológico pétreo de diez animales de gran tamaño, entre ellos la pulga más grande del mundo.

Y por si fuera poco le encargan el monumento a Félix Rodríguez de la Fuente en Poza de la Sal (Burgos) aunque resulta un proyecto fallido. Alguien dijo de él que era el Picasso del Noroeste. Le aviene mejor decir que Dalí es el Otero Besteiro del Mediterráneo.

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