Galleguito, barbero de día y torero de tarde

El 21 de mayo de 1925 paga una foto publicitaria en la que se presenta como gran maestro de los ruedos

ANHELAR EL TRIUNFO en los cosos sin tener condiciones es una de las paradojas más españolas. Dicen que el hambre da más cornadas que los toros y seguramente la necesidad justifica vocaciones tan arriesgadas como la Víctor Rodríguez Saa (Lugo, 1902). Su historia es una novela tragicómica arrancada de cuajo a la vida.

Víctor nace el 19 de noviembre de 1902 en el 12 de la Ruanova. En 1916 huye del hogar paterno sin oficio ni beneficio, aunque con una marcada vocación hacia los instrumentos cortantes, pues si la barbería le da de comer, su afán es la tauromaquia.

El ramalazo torero le entra dos años antes, allá por 1914, cuando varios entusiastas locales montan la estrafalaria plaza hexagonal entre las calles de San Pedro, Norias y Progreso. Está acodada al colegio Balmes y protegida por el cuartel de exploradores que allí se levanta.

El albero no es para crear afición, pero en el caso de Víctor, le bastan aquellas tablas tan mal argumentadas y un toro que se escapa hacia los cantones, para que el rapaz se tire al ruedo, Celita mediante.

Logra enlazar dos muletazos, o cosa que se le parezca, y la aventura termina con la aparición de la fuerza pública que lo retira antes de que lo cosan a cornadas. Años después le preguntan: “¿Qué dijo Celita?” Y él, que sueña lo mismo despierto que dormido, responde: “Me felicitó por mi valentía y me dijo que fuera a probar fortuna a una becerrada de Sarria, donde por cierto quedé bastante bien.”

_ ¿Dónde vistió por primera vez el traje de luces?

_ En Madrid, el año 20, alternando con los espadas Antonio Sánchez y Emilio Méndez. Toreé en Aranjuez, Alcalá y otras muchas plazas, alternando de banderillero con Chiquito de la Audiencia, Rubiche, Pastoret, y otros toreros de renombre.

Farruco recoge los primeros años de Víctor en Madrid, una vez que llega de Lugo a trabajar como barbero en la calle de la Abada, entre Callao y la plaza del Carmen. Él ya se las da de torero ante los parroquianos y a veces se dice Galleguín, que es apodo de cajón y muy triunfador en el teatro, pues Vicente González lo lleva y arrasa.

Sale a ocho revolcones por becerrada, pero Farruco, que lo quiere, cierra sus crónicas con un Ei, Carballeirai! Viva a terra!

_ ¿Le conocen en Lugo como torero?

_ Naturalmente que sí. Allí se tocó el pasodoble Galleguito con música y letra de Garlache, que es el autor de los dedicados a Cañero y Marcial Lalanda. Los señores Pimentel, Ron Pardo, Ameijide y otros ilustres lucenses me animaban constantemente.

_ ¿Por qué se retiró?

_ Toreando en Colmenar Viejo (15-VIII-1924) recibí una tremenda cornada en la cabeza. Tuvieron que practicarme la trepanación.

En realidad hay varias versiones de su retirada, porque tal día como hoy (21-V-1925) Víctor paga de su bolsillo la publicación de una foto en periódicos de Madrid y Galicia donde se atribuye éxitos que no existen.

Todo le vale para actuar de subalterno en una corrida (20-VI-1926) de la que tan solo hemos conseguido rescatar dos tristes menciones.

En una se dice: “Al sobresaliente Galleguito, le impulsaron las “bromas” del público, a ser zarandeado por un toro… ¡y vamos, no hay derecho a lanzar a un infeliz a tales extremos por divertirse”.

Y en la otra: “El sobresaliente Galleguito demostró tanta ignorancia que dio lugar a que el presidente, accediendo a la petición del público, le ordenara se retirase del redondel”.

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