Fraguas va hacia Forges, ¿o Forges hacia Fraguas?

El novelista de A Fonsagrada reconduce su literatura hacia el humor que hace famoso a su hijo

A ANTONIO FRAGUAS Saavedra (A Fonsagrada, 1905) nunca se le dedicará el Día das Letras Galegas porque no escribe en gallego, y por si fuera poca su desgracia, por ser falangista y muy del régimen; gana el premio General Mola y ocupa cargo político en el Ministerio de Información y Turismo. Solo le salvaría que le llamaban O Nenón, pero no sé si será suficiente para que no le quiten el premio en efigie, como le acaba de ocurrir en A Coruña a Fraga, su superior jerárquico, Manoliño do cu grande en los recreos de clase.

Escribir en España es llorar, pero estamos a punto de alcanzar perfeccionamientos en el suplicio que harían las delicias de los chinos, que son los que por tradición, justificada o no, mejor torturan.

El hecho de escribir, ya de por sí maligno, puede cobrar especial depravación si lo que se escribe no utiliza el género inclusivo; o sea, no dice estorninos y estorninas cada vez que se detalla una bandada de pajarillos. Si no se expresa en una determinada lengua que varía con las épocas, o si no se lamen las posaderas oportunas, que también varían a cada poco. En ese sentido, Fraguas cojea de las cuatro patas.

Como comprenderá el lector avispado, glosar hoy la figura de Fraguas Saavedra no supone en absoluto ningún desprecio hacia su primo. Sería imposible, porque como dijo Cordeiro, Fraguas fue el profesor “máis bo e agararimoso que tivo a miña xeración”, incluyendo en el juicio a Glicerio Barreiro.

Sería imposible porque Antón Fraguas exhala bondad y conocimientos a partes iguales, y basta un leve contacto con su persona _ cual fue mi caso _, para convencerse de todo ello. No digamos si además se lee lo que lega, que es lo suyo.

Si se glosa hoy a Fraguas Saavedra es por un sano espíritu crítico y porque además de nueve hijos _ uno tan famoso como Forges _, produjo cosas muy interesantes que no deberían estar penalizadas en la Galicia actual, como lo están. Además, Forges va a tener museo en su pueblo natal.

Una fue la biografía de un Ford T que comienza siendo un utilitario y acaba de bomba de riego en un campo, me parece recordar.

A Fraguas Saavedra le preocuparon mucho las materias primas, las piedras y los montes. En ese sentido se parece a su primo. Por ejemplo, en un artículo describe, uno por uno, los montes de la provincia de Lugo y es curioso que en él, siendo de A Fonsagrada, reconozca un especial afecto por O Picato, el monte que “trae la noche a Lugo”. Luego añade: “El silbido de su cumbre es la sirena que acota las horas de bonanza”.

Otra curiosidad de Fraguas es que en 1960 gana el Premio Ondas, pero de novela, con lo cual son tres los lucenses con ese galardón. Manolo Sicart y Joaquín Tagar en radio, y Fraguas en novela.

Borobó lo saluda en su estreno literario. En un primer artículo admite no saber más que es pariente de Antón, y en otro posterior disecciona la novela con la que gana ese Ondas, “Don Generoso y los fantasmas”.

Poco a poco su obra se desliza hacia un humor que hoy llamaríamos forgiano. No sabríamos decir qué influencia es mayor, si la suya sobre Forges, o la de su hijo en él. Sus dos últimos títulos, “El hombre que no tenía Curriculum-vitae” y “Cielo santo ¡Los tecnócratas!”, dejan la duda en todo lo alto.

Comenta