Muguruza, de Cuelgamuros a Centulle

Todos los 13 de mayo se festejaba a N.S. de Fátima en las inmediaciones de Chantada

CUANDO EMILIO FRANCISCO Eyré Lamas (Chantada, 1910) llega a Lisboa como profesor del Instituto Español solo tiene 32 años, pero ya ha recorrido mundo desde que se ordena sacerdote y sabe que lo suyo en la Tierra es obrar, en el sentido más literal de la palabra. Construir, dejar huella como hacen los pontífices; esto es, los constructores de puentes.

Lo que todavía no sabe es cómo materializar esas ansias, ni qué forma ha de tener su empresa. Sin embargo, cuando pasea, desde la ventanilla del coche, leyendo el Breviario, o sumido en sus meditaciones, no hace otra cosa sino pedir luz para concretar su misión.

Es de suponer que un día visita Fátima y contempla las obras del santuario en plena actividad, pues se han iniciado en 1928 y no se terminarán hasta treinta años después.

Es como una revelación. A partir de ese instante entregará todos sus esfuerzos a levantar el primer santuario de Fátima fuera de Portugal. Lo hará en Chantada, su lugar de nacimiento, cuatrocientos kilómetros más al norte y casi en línea con el meridiano que se trace entre ambas.

Imaginamos que Eyré conoce el castro, el entorno de Centulle y algunos de los restos encontrados, aunque luego aparecerían muchos más. Lo decide de inmediato y de inmediato contacta con Pedro Muguruza, exayudante del gallego Antonio Palacios y a quien ya se le conoce como “el arquitecto de cabecera” de Franco. Es por el Valle de los Caídos, entre otras obras.

Por eso, cuando hace poco, de broma o en serio, se sugiere que Centulle podría ser el destino final de la momia de Franco, no deja de ser una pescadilla que se muerde la cola, pues la traerían desde el Muguruza del Valle, al Muguruza de Centulle, cumpliéndose así aquel título de “arquitecto de cabecera”.

Pero volvamos a Eyré. En escasos meses, entre 1944 y 1945, el sacerdote vive una constante y fantástica zozobra que arranca del diseño de una basílica/fortaleza al estilo templario, con una clara impronta celta, con cruces gaélicas que evocan a Irlanda y a Éire, con trazas mozárabes, góticas y neoclásicas.

Luego viene el descubrimiento de restos que refuerzan su idea de predestinación sagrada de aquel enclave y culmina, en tiempo récord, con la bendición del templo y la creación de la imagen de la virgen hace exactamente 74 años, el 13 de mayo de 1945, la festividad portuguesa que se mantendrá en Centulle durante años.

El imaginero es el escultor y fundidor Eduardo Capa Sacristán, que en ese momento apenas tiene 26 años. Realiza una pieza del agrado de Eyré que es entronizada días antes en presencia del nuncio Cicognani, dentro del salón de actos de la Real Academia de Bellas Artes, caso único de ese ritual católico, como corresponde a un proyecto también fuera de lo común.

La presencia de ministros y embajadores, de Luis y Mercedes de Baviera y Borbón, o de Federico García Sanchiz, certifica las influencias que maneja Eiré en las alturas del régimen, aunque él se siente, y es, más monárquico que franquista.

Todo hace suponer que Centulle va a convertirse en un nuevo lugar de peregrinación en sintonía con Santiago. Pero su historia posterior es de olvido y decadencia. No así Eiré, que sigue en los papeles, relacionado ahora con una posible colaboración con la CIA. Jopé.

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