Láncara, o el manual del bon vivant

Hace 83 años muere en Madrid el heredero de los pazos de Mariñán y Láncara, rebautizado con este último

LO HIZO LUCENSE la voz popular, porque a Gerardo Bermúdez de Castro (A Coruña, 1848) nadie lo conoce así, sino como Gerardo Láncara, siendo éste el del pazo que hereda de sus muchas sangres linajudas; de los citados o de los Suárez de Deza, los Curruchao y los Yebra Pimentel.

Tanta estirpe y tantos pazos _ el de Mariñán también lo hereda _, le sirven para no hacer nada en esta vida, aunque eso sí, demuestra que en ese oficio es un maestro de manual.

Paseos a mediodía llevando de la correa dos gran daneses de bella estampa, aperitivos flanqueado por dos coristas, lisonjas al resto de jovencitas, reservas en los mejores comedores, abono en el palco del Príncipe Alfonso, barrera fija en los toros, buen veguero a los labios, decano de los socios del Casino… ése es el currículo de don Gerardo, y tanto se aplica en el fiel cumplimiento de no dar golpe, que ni siquiera pierde el tiempo en hacer un par de hijos a los que dejar todo lo que él hereda. Por eso las posesiones que le sobreviven deben pasar a otras manos.

Si a eso añadimos que fue longevo, podremos deducir que el dolce far niente alarga la existencia, pero tampoco es que llegue a centenario, ni siquiera alcanza los noventa. El caso es que de tanto verlo en actitudes contemplativas, lúdicas y placenteras, a la gente le da por ponerle años, especialmente al final de sus días, claro, hasta que de verdad desaparece del paisaje madrileño tal día como hoy de hace 83 años, precisamente cuando era mayo del 36 y faltaban semanas para afrontar graves trabajos. Don Gerardo sabe verlo con su natural perspicacia y escapar a tiempo.

Él ya había luchado de joven durante la tercera guerra carlista y pese a ello se había ganado la consideración de ser el de la boina roja que más amigos tenía entre los alfonsinos. No estamos aquí para malgastar la vida arreándonos trompazos, con lo bien que se dormita en sillones adamascados.

Cuentan en el Casino de Madrid, su segundo hogar, que en cierta ocasión un socio le pregunta de qué animal es el hueso que le sirve de empuñadura a su bastón, y él responde:

_ Es de un animal antediluviano.

El bromista indaga.

_ Y dime, Gerardo, ¿lo has matado tú?

Hay un chascarrillo sobre la teoría del madrileñismo que le viene al pelo: “Hemos oído decir que para ser perfecto madrileño ”es necesario haber nacido en Lugo”. Nosotros, como no hemos nacido a orillas del Miño, no somos madrileños. Pero madrileñistas… ¡más que la Cibeles!”

Para no haber hecho nada hay mucho Gerardo del que hablar, pero quizás sea un cronista anónimo de El Eco de Santiago quien mejor lo haya descrito en menos palabras. A ellas nos abandonamos:

“Es Gerardo Láncara un hombre que siempre ha hecho lo que su cuerpo le ha pedido, sin hacer caso para nada del reloj, de ningún precepto higiénico ni de ninguna costumbre social. ¿Tiene sueño a las cinco? Pues se acuesta. ¿Tiene apetito a las tres? Pues come. ¿Tiene calor en enero? Pues va sin chaleco ¿Tiene frío en agosto? Pues saca la capa. ¿Llega al comedor del Círculo cuando sus amigos están en los postres? Pues empieza a comer por el helado y acaba por la sopa.”

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