Tiempo de rascar

¿Cuál sería el tiempo de cobertura ideal que contentase a papistas y no sulfurase a pejigueros? ¿Cuatro, cinco horas? ¿A qué deberían dedicar las televisiones el tiempo sobrante? ¿A teletienda, a telebasura o a Telerelu?
Aseteados por tanta pregunta sin respuesta asistimos a la resaca sobre el tratamiento dispensado por todas las televisiones del mundo a la muerte de Juan Pablo II, cuando todavía faltan muchas conexiones con Roma, muchos especiales informativos y mucho divino reportaje.
Es excesivo, proclaman con voz autosuficiente ilustres comentaristas y tertulianos. Las televisiones son gilipollas, nos hacen pensar con sus críticas; podrían haber estado discutiendo si la prima de la novia de Paquirrín sale con un banderillero, y sin embargo, venga Roma, venga Roma.
Cuando el crítico afina el dardo, el riesgo de resbalón es más notorio. Así. Rosa Montero expone en su columna: “Digamos, en fin, que desconfío de todas las manifestaciones masivas humanas en las que la álgida explosión de las emociones colectivas anula el raciocinio individual”. No dijo lo mismo cuando las mareas humanas recorrían las calles al grito unánime de No a la guerra, ni se dudó entonces de que los manifestantes sufriesen la anulación del raciocinio por verse envueltos en la masa. Cierto que un estadio de fútbol repleto de aficionados, una avenida a rebosar, o una plaza de San Pedro atiborrada contagian las emociones, pero cada uno de ellos ha querido estar allí libremente para eso, para confundirse con todos en el mismo sentimiento y gritar gol, paz o viva el Papa. De modo que no me vengan con cuentos que sólo valen cuando nos convienen.
Quizás a muchos les moleste comprobar que la única referencia moral que predica elevados pensamientos teístas, pese a sus defectos humanos, sus errores históricos y sus intereses terrenales, siga recibiendo masivas simpatías. Pues que se rasquen.

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