Los otros incendios

El salvamiento de las estatuas, hace cuatro días

Los grandes acontecimientos, los triunfos y las desgracias, desconciertan a los ignorantes y no saben estar a la altura de las circunstancias. Por eso, si con ocasión del incendio escuchan algún rebuzno, tengan por cierto que en esa pradera anda suelto algún pollino.

La ignorancia no solo es atrevida sino también presumida, porque no está provocada por desconocer dónde nace el Danubio _ que de esa enciclopedia todos flojeamos por un igual _, sino por guiarse de los peores sentimientos, los más destructivos y los menos elevados.

Los podemos ver al mismo tiempo que los rebuznos ante las llamas de Notre-Dame, o subidos a la muralla de Lugo con piedras en la mano, o en Rentería, crispados los rostros por un odio que les han inyectado en vena, o con las manos siempre dispuestas a destrozar el banco, a secar la fuente, a pintarrajear la fachada de un monumento.

Ahora bien, tampoco nos vamos a poner tan estupendos como para no reconocer que este magnífico desastre, esta feria de vandalismos, no ha caído de los cielos sin la expresa y manifiesta participación de la sociedad por entero, o al menos de los principales responsables de evitarlo, porque no sería justo.

El incendio, si es casual como se nos presenta, tendrá un coste material, pero no acabará con el símbolo, ni con el edificio. Más difíciles de restaurar son los daños en las estructuras ideológicas, aquéllos que nos obligan a observar cómo arden cada día muchas de las ideas que creíamos plenamente consolidadas en el civilización. La admiración del arte, el desprecio al pensamiento único o la conciencia de lo que es patrimonio común.

Las llamas de esas hogueras no son tan altas como las que atacaron la catedral, pero están en todas partes, en cualquier calle, en cualquier parque.

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