Cáusticos y mordaces

En ese piso barcelonés se dan lecciones de convivencia. Ojo, la primera de la izquierda es la belga

Algún día tendrá que romper su silencio la ciencia médica para explicarnos a qué se debe esa tendencia innata que sufren ciertos individuos, que les lleva a desfilar detrás de banderas que no existen; queremos decir, que no existe lo que simbolizan.

Puede darse el caso de que en el mismo frente confluyan la republicana, la independentista canaria, la estelada y, pongamos por caso, la de la URSS. Dado que detrás de ellas hoy no hay nada, podría pensarse que todos se sienten muy cómodos, pues la nada a nada compromete.

También cabe interpretarse que son ansias, ideales y aspiraciones por lograr lo que la bandera simboliza, algo que al no existir está dotado de gran pureza, pero que comenzaría a deteriorarse desde el mismo momento de su creación.

Como ven, la diatriba tiene tanto de metafísica, como de política. Las banderas poseen esa vulgaridad de la existencia que las hace vulnerables a las críticas, mientas que las utópicas se libran. ¿Qué pecados cometieron las Canarias Independientes? Ninguno. En cambio, Hungría muchos. Ya dicen allí que si tienes un amigo húngaro no necesitas enemigos, y si lo dicen los propios implicados será verdad.

Pero no deben preocuparse los húngaros de tener tan mala imagen de sí mismos. La misma opinión o muy parecida se puede encontrar en todos los países del mundo sin excepción cuando sus paisanos más cáusticos se ponen a la tarea de hacer autocrítica. Y curiosamente, a mayor poder, más mordaces son consigo mismos, de modo que en los EE UU se zurran sin compasión.

Las banderas de entelequias se libran de impurezas, pero se alejan tanto de la realidad que los políticos deberían abstenerse de portarlas. No vaya a ser que un día simbolicen algo y se les acabe el chollo de repente.

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