El placer de la censura

¿Qué versión habrán censurado?

Por supuesto, la noticia de que una escuela de Barcelona considere tóxicos 200 cuentos de-toda-la-vida, como Caperucita, la Bella Durmiente, o la Princesa del Guisante, no es ninguna novedad. Hemos quemado libros desde que existen, y todos conocemos docenas de títulos prohibidos, aquí, allá o acullá.

La novedad es que ese afán por quemarlos _ es decir, por considerarlos tóxicos _, sea ahora compatible con el hecho de pertenecer al non plus ultra del progresismo. Los dirigentes de esa escuela a la que nos referimos están convencidos de que su labor censora, correctora y encauzadora es lo más progresista, izquierdista y feminista que se puede uno imaginar sobre la tierra, y ejercen con sumo placer ese privilegio propio de dioses que es señalar lo que sea digno de figurar en los anaqueles de la biblioteca, y lo que debe ser arrojado a las llamas del bibliocausto.

Tiene que proporcionar un grandísimo orgasmo cargarse a la Caperucita tras decir que ha venido contaminando la mente de generaciones de infantes hasta que yo, salvador/salvadora de lo políticamente correcto, me he alzado en antorchas contra la niña, el lobo, el cazador y su puñetera abuelita del bosque. ¡Vade retro, Charles Perrault!

Y así hasta doscientas obras que hasta ahora nos tragábamos de niños sin sospechar de su toxicidad.

No perdamos de vista que la iniciativa viene de Cataluña, donde a los ciudadanos los están acostumbrando a sufrir las más crueles de las torturas, la privación de los idiomas y la imposición del pensamiento único. Si han tragado con eso, Caperucita no les costará trabajo.

Uno de los autores más perseguidos hace años era Henry Miller, pero siempre había alguien que tenía un ejemplar de Sexus en su casa. Quién verá a los barceloneses.

_ Te presto la Cenicienta, si prometes devolvérmela.

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