Picardías

Jugando a decir picardías con la silla de montar

Martín Puente se mete en picardías con Estelle Dixon.

_ ¿Dónde trabaja usted con más agrado: en la revista o en las varietés?

_ Donde trabajo con más gusto es montando a caballo. Me entusiasma dominar a un potro joven y hacer de él un borriquillo manso. Donde trabajo con más gusto es montando a caballo.

_ ¿Eso de montar es en serio o tiene segunda intención?

_ No, señor. Eso es muy serio. Soy apasionada de todos los deportes: el remo, la natación, el fútbol; pero, sobre todos, me entusiasma la equitación. ¡Oh, el placer de montar a caballo! Es delicioso…

_ Bueno. ¿Qué trabajo hacía usted con la compañía de Harry Flemming?

_ Bailar de pareja con el director; pero un charleston estilizado, artístico, elegante, bonito.

_ ¿Cabe arte en el charleston?

_ ¡Ya lo creo! El echar las piernas a la rebata, en una imitación más o menos perfecta del mono, no es bailar, eso no es charleston porque no es arte. Me molesta hablar de trabajo. Pregunte otra cosa. Una de miedo.

_ ¿Quiere usted contar alguna anécdota con complicaciones amorosas ?

Los ojos de la Dixon, un poco entornados, escrutan en el arca de sus recuerdos. Rebusca. Calla un momento. Y dice:

_ Hace dos años, cuando yo recorría América, en Buenos Aires, se enamoró de mí un poeta de vanguardia, joven y… simpático. Al ver que no lograba interesarme…

_ ¿Me permite usted que siga yo? _ se lanza el entrevistador _ Al ver el vate que usted no le correspondía, y que sus versos no lograban fundir la gelidez de “la Esfinge”, una noche en que se sintió abandonado por su amor y por su musa, el frío cañón de un revólver segó una vida en flor. ¡Se suicidó! ¿No fue así?

_ ¿Quién se lo ha contado? _ se extraña Estelle.

_ Nadie. Ese suicidio se veía venir _ finaliza la entrevista Pedro Martín Puente.

Un comentario a “Picardías”

  1. Don Quijote.

    No, si la posecita de la foto tiene su aquel.
    Y nosotros que en los añós 70 aún no habiamos visto ni una teta hasta que la pelicula Kin Kong nos regaló una que se debio de ver escasas decimas de segundo y no en su total plenitud, solo un descuido cuando el gorila guarro aquel se aprestó a quitarle la ropa a la protagonista.
    Ha, pero lo que no enseño de verdad la pelicula lo sustituyo nuestra fertil imaginacion, vamos que ver una pequeña parte de la aureola de un pezon fue casi como verla totalmente desnuda y no fracciones de segundo sino horas enteras.
    Si ya nacemos predispuestos para cometer el pecado original de nuevo, lo llevamos en el ADN.

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