La enfermedad

La noche del sábado me cuentan dos historias en el convencimiento de que son de mi agrado. La primera la protagoniza un hombre _ de Lugo, me aseguran _, que hace diez años es diagnosticado de una grave enfermedad. Sale de la consulta con la firme resolución de ignorar todo cuando ha oído en ella y hoy es el día en el que sigue tan campante. El narrador plantea dos explicaciones, o es un diagnóstico erróneo, o este señor le ha ganado la partida al mal por la vía del menosprecio.
El segundo relato es el de una madre que acude al médico porque sus dos hijos son víctimas constantes de alergias y asma. Examinado el caso, el galeno determina que se trata de una madre superprotectora. Le recomienda que deje tranquilos a sus retoños; es decir, que no les hable de vientos, de fríos ni de miasmas malignos, y al cabo de poco tiempo desaparecen los síntomas sin más terapias.
Las dos historias surgen mientras en la tele desfilan rostros llorosos allá donde enfocan las cámaras. Se habla entonces de la agonía pública del Papa, de ese deterioro físico que Juan Pablo II no quiso sustraer nunca de las miradas y que mantuvo expuesto hasta poco antes de su muerte. Las opiniones se dividen. Quienes creen que debió haberse evitado, por ser imágenes de tortura y sufrimiento, se las ven con quienes piensan que el Papa va más allá de los diagnósticos que le aconsejan no ejercer. Él se considera fuerte y con ánimo para seguir y así lo hace porque su mensaje es mucho más optimista que el de los que pretenden jubilarlo hace ya varios años.
El hombre de Lugo, el médico de la alergia y el Papa caminan contracorriente. No tratan la enfermedad como se espera y entonces la enfermedad se desconcierta, se retrasa o desaparece.
Y si no es así, al menos da para contar unas historias mucho más divertidas y alegres que sus contrarias, con el hombre muerto, los niños congestionados y el Papa jubilado.

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