El silencio de los lobos

Al acecho

Los momentos más tensos en las películas de terror no son aquellos en los que los protagonistas se desgañitan entre gritos y lamentos, sino los silencios.

Lo grave para el espectador es cuando la presunta víctima de Drácula avanza por el pasillo con la respiración contenida, porque entonces todos sabemos que está a punto de pasar algo terrible.

A Barcelona le han quitado la entrega de despachos por parte del Rey a los 63 nuevos jueces y ayer se celebró en Madrid con el pretexto del 40 aniversario de la Constitución, como si la capital catalana, donde se venía haciendo, no fuese tan constitucional como El Prado.

Hay un silencio espeso sobre el acto en la esperanza de que no sea éste el pasillo donde le interesa atacar al conde y se da por buena la disculpa del aniversario de la Constitución, aunque, ojo, los cuarenta años, stricto senso, los cumplió el pasado año y en ese momento los despachos se entregaron en Barcelona.

Como si fuese un alto secreto, se bisbisea alrededor del acto que pronto será el juicio al procès y claro… ¿Y claro, qué?

Aquí lo único que está claro es que todo cobra mayores capas de opacidad y el público espera malas noticias de un momento a otro. Drácula y los lobos están sospechosamente callados y se remiten a las últimas palabras que pronunciará desde el extranjero el paranoico Puigdemont, que arrastraría con su decisión a ERC.

Quieren un gesto del Gobierno para soltar su sí definitivo. Esto es, un gesto al que se le dé luz y taquígrafos, porque por debajo de la mesa ya han circulado gestos como para aprobar hasta los presupuestos de la carrera espacial.

En ese sentido no hay nada nuevo sobre la mesa. Lo vienen haciendo desde que Pujol, el jefe de la manada, marcó el camino.

Un comentario a “El silencio de los lobos”

  1. Caplan

    Lobos y nada nuevo , dos tal para cual, demasiado, esto es demasiado, señala una podedumbre enorme, nos dice que este no es un estado de derecho, es un estado de pernada y seguimos , seguimos escalando las mas altas cotas de la miseria.

    Hay echos, hay señales inequívocas de una enfermedad, de una nación desnortada de una apropiación indebida de la vida de todos por unos pocos, lo peor es que ya nos parece normal, nada nuevo y ni siquiera los lobos son nuevos, son los mismos de siempre actualizados.

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