Montando a Chávez

Necesitamos con urgencia un Centro de Interpretación de Chávez. Quizás se podría instalar en Cuelgamuros, en pleno Valle de los Caídos, y así matábamos dos pájaros de un tiro.
No conocemos a Chávez y eso es causa de zozobra nacional. Frente a la corriente zapatista que lo tiene por un gran tipo, se encuentran otras tendencias más proclives a considerar que el venezolano es un dictador como la copa de un pino; e incluso hay un sector radical que se inclina por calificarlo de enorme zangadullo tontilindango.
Esto no puede continuar así, porque cuando ZP se reúne con él para venderle cierto material bélico, mezclado con cierto material civil, no sabemos si está armando a grupos terroristas, si está trabajando por la alianza de civilizaciones, si los malos están en Bogotá o si ya ha caducado el No a la guerra.
Estados Unidos nos afea el negocio venezolano, y aunque ellos tienen menos autoridad para criticar oscuras ventas de armas que Mijail Kalashnikov, nos gustaría poder replicarle en voz alta y con los brazos en jarras: “Señorito yankee, don Hugo Chávez es una bellísima persona, amada por el caraqueño y la caraqueña, fiel cumplidor de la legalidad internacional, honrado a carta cabal, buen esposo de sus dos esposas y amantísimo padre de sus cuatro retoños. De modo que le vendemos las armas que nos salgan de Trubia”.
Distinto es que ZP se proponga mejorar las relaciones entre Caracas y Bogotá realizando operaciones comerciales de esta índole con una de las partes en conflicto. Es un método muy original y sin antecedentes históricos, pero hoy en día, quién sabe, a lo mejor los colombianos están encantados.
En cualquier caso, resulta palmario que necesitamos interpretar correctamente a Chávez para saber si le erigimos una estatua ecuestre en la Castellana, o por el contrario hay que colocarlo en el Museo de Cera al lado de Pinochet.

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