El voto laico

Muy mal lo tuvo que pasar ZP esta semana viendo cómo se llenaban las calles de capirotes, de señoras con mantilla y peineta, de nazarenos, de romanos, de penitentes, de turbas conquenses, de jóvenes llorosos por la jodía lluvia y de los cinco mil bombos y tambores que rompieron la hora en Calanda.
El estatuto del laicismo se las va a ver y desear para justificar la necesidad de que todas las expresiones religiosas tengan las mismas oportunidades, asunto que por otra parte, ya está garantizado por las leyes actuales, siempre y cuando las iglesias no prediquen la misa negra con ofrenda de sesos humanos como los de Miguel Goiburu, brujo de Zugarramurdi. Claro que si el objetivo del nuevo laicismo institucional que se anuncia fuese realmente favorecer cauces para todos los credos y salvaguardar a su militancia de agravios comparativos, habría que ir pensando seriamente en la importación de muchos de ellos que por aquí no han recalado.
Pero como ése no es el fin último de G. Peces-Barba, D. Llamazares y V. Mayoral, hay que leer el dichoso estatuto en clave más política y pragmática, que es lo que hoy priva. Todo se cifra en conseguir que una iglesia, la mayoritaria, reduzca su influencia en la sociedad española, que su moral no cuestione los cambios sociales que se promuevan y que, no ya el Estado, sino cualquier partido pueda declararse bajo ningún concepto más afín a un credo que a otro, de modo que la masa de votantes no considere la religión como una referencia más ante las urnas.
Los islamistas y los cristianos, según se atisba en el estatuto, no inclinarán su votación hacia el partido que mejor representa sus creencias _ pues todos serán laicos y anodinos _, y en consecuencia el PSOE no será propio de ateos, agnósticos y descreídos, sino que se abrirá a todos como un Nuevo Testamento de paz y amor, pero sin capirotes ni casullas.

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