Máximo Común Divisor

Por sus mensajes, por sus reformas, por sus amigos nacionales, por sus amigos internacionales, por sus claroscuros, y ahora, por su iconoclastia nocturna, el buen talante del que presume ZP sólo se atisba en la abierta sonrisa que cruza su cara de Oriente a Occidente, preludio de una alianza de civilizaciones que va a ser la leche.
Ha conseguido dividir a las víctimas del terrorismo con pasmosa facilidad, pues pensábamos todos que las tragedias hacen piña y no banderías. Ha conseguido irritar al más agnóstico de los cristianos, al último en la escala de la fe y las creencias, a aquél que está a punto de la apostasía; bueno, pues a ése y a otros muchos que sin comulgar con ninguna iglesia se sienten cómodos en el respeto y el buen talante, también los ha cabreado.
Para qué hablar de los franquistas, si es que queda alguno, y de los que sin serlo, creen que la caída de las estatuas, o se hace en el fragor de la revolución, o se convierte en melindrosa redecoración llena de odio, de ignorancia y de maldad. La iconoclastia política es la forma más burda de la autopropaganda. Hitler la practicó contra negros y judíos para que lo vieran ario y superior. ZP descarga contra Franco y la Iglesia, para que lo veamos progre y demócrata, pero ni Hitler se escapó a su destino, ni ZP lleva camino de que la historia lo deje en buen lugar.
En general, el personaje divide a los españoles por los más diversos motivos geográficos, culturales, de lengua, de ubicación de archivos, de favoritismos, de partidos, de simpatías, de medios de comunicación, de comisiones, de lo que sea. El chico tiene esa particularidad, divide lo que toca, como Midas lo hacía oro.
Sin duda su mala conciencia lo lleva a intentar por arriba lo que destroza por abajo. De ahí que se abandere como paladín de la Alianza de Civilizaciones. Ni Gandhi soñó con tanto.

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