Mobbing vario

Hay profesores que acuden a sus clases con el miedo en el cuerpo; con el mismo miedo del que otras generaciones fueron presa por culpa de los métodos coercitivos de algunos enseñantes.
El bandazo ha sido de los que salen en los libros de historia: profesores que sufren el acoso de los alumnos sin que nadie esté dispuesto a echarles una mano. Así nos sentíamos de jovenzuelos ante lo que se juzgaba como un abuso de la autoridad docente. Ni la dirección, ni los padres, ni la sociedad nos tomaba en cuenta. Si el profesor actuaba como lo hacía era porque nos lo merecíamos y punto pelota.
Ahora se dan casos a la inversa y también suelen tropezar con silencios. El principio de autoridad, tan denostado, se cuela por el sumidero de los tiempos desde que a alguien se le ocurre decir que los alumnos deben tutear al maestro: “Oye, tú; ¿cómo se furrulan las raíces de un polinomio?”, pensando quizás que la camaradería es acercamiento y no ordinariez. El tuteo anglosajón no tiene las connotaciones del castellano y de ahí a la chirigota hay un tramo corto.
Después vino una corriente mucho más devastadora y absurda cuyo principal artículo determina que el adolescente es el rey del universo, y como tal todo debe estar sometido a sus gustos y caprichos. En esas circunstancias es de esperar que en cada hornada vaya aumentado el porcentaje de reyes déspotas y malcriados que se aprovechan de un statu quo para cuyo disfrute todavía no han hecho mérito alguno.
La gravedad del caso puede alcanzar cotas trágicas cuando la víctima de esa violencia colectiva es otro alumno, cuyo desamparo sólo finaliza cuando normalmente es demasiado tarde.
En cualquier caso es imprescindible crear el ambiente social propicio para que todos los acosos, sean quienes sean las víctimas, se denuncien con naturalidad y por supuesto, se corrijan las situaciones que los propician.

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