La génera boba

Con esa manía que les ha entrado a los oradores por repetir los géneros de los nombres, lo único que consiguen es desconectar al receptor sobre el interés del discurso. Si el conferenciante arranca con un: “Queridos españoles y españolas…” es lógico que ya no interese nada de lo que venga a continuación porque se tiene el pleno convencimiento de que está hablando un memo o una mema.
Vivimos todas las corrientes literarias, desde el culteranismo al dadaísmo, desde el Siglo de Oro, a las generaciones del 98, o del 27, sin que ninguno de sus representantes, ni siquiera Guillermo Sautier Casaseca, se dejase arrastrar por el uso de una cursilada de proporciones megalíticas. Sin embargo, bastan cuatro intervenciones del lehendakari, y otras cuatro del lindacara, para que todo el país incorpore a sus intervenciones públicas el latiguillo mortal de vascos y vascas, de laicos y laicas, de frailes y frailas. Hasta la ministra de Cultura se ha visto atropellada por los nefastos efectos de este purismo sexista que trata de imponerse en una sociedad chiripitifláutica y sin brío. ¿Estará bien que diga fraile, siendo yo mujer?, se preguntó la muy paritaria mujer. Y de tanto pensar, la cagó en menos de que canta un gallo o una gallina.
Si siguiésemos la pauta que nos marcan estos revisionistas, tendríamos que las mujeres dan palos de ciega, coces contra la aguijona y el do de teta; ante lo cual el hombre da el callado por respuesto. Jóvenes y jóvenas, frailes y frailas, comadronos y comadronas, sepan que todo comienza cuando se traduce al castellano la expresión anglosajona gender-based violence o gender violence como violencia de género; cuando lo que quiere decir el original es violencia de sexo, porque el género sólo lo tienen las palabras y el sexo, las personas. ¿O acaso han oído decir que tal mujer es del género femenino?
Lo cierto es que esta moda es del género bobo, o de la génera boba.

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