El artificio de los fuegos

Barcelona, a punto de perder el Mobile World Congress. Esas fechas que se ven en la fotografía ya no están garantizadas

La experiencia del miércoles ha creado dos tendencias. La de los que creen que basta dejarles la soga para que se ahorquen ellos, y los de quienes comprueban horrorizados que con un puñado de piquetes y la pasividad policial es posible colapsar Barcelona.

En realidad no son pensamientos distintos, porque ambos coinciden en describir un panorama estéril e inadecuado, antítesis de lo que Barcelona y Cataluña entera significaron y deben seguir haciéndolo a la mayor brevedad posible.

La independencia son los fuegos artificiales que se lanzan muy de tarde en tarde, como los de todos los pueblos de año en año. Ascienden, explotan, iluminan la noche un instante y al momento todo vuelve a estar como estaba. Es una fiesta.

Al resto de los españoles se nos repite con machacona insistencia para que no quepan dudas, que nuestro deber es acercarnos a los catalanes y entenderlos. Quizá podríamos hacerlo con más intensidad, pero a la vista está que no sobran los esfuerzos y que ocupan gran parte de nuestra vida, quizá demasiado.

Tanto es así que lo recomendable, lo útil y lo que no se hace, es recomendar la dirección inversa. Es decir, que los catalanes intenten comprender qué es España y para qué nos sirve a todos. Cuán práctico instrumento tienen delante de las narices si en vez de denostarla como niños caprichosos, supiesen aprovecharse de todas sus ventajas.

Pero dí tú que para eso son necesarios políticos inteligentes y no la panda de borregos que desde Tarradellas hasta el melón de Bruselas tuvieron por guías, cabecillas de la mentira y la manipulación con tal de tirar un fuego artificial al aire. Sábado, sabadete.

Y de ahí, a ser mandados por un piquete de huelga comandado por un asesino media un paso. Ojalá haya sido el último.

Un comentario a “El artificio de los fuegos”

  1. Aureliano Buendía

    De todas formas, algo hemos avanzado. La vez anterior que se declaró la independencia de Cataluña (1934) los fuegos no eran de artificio, sino de obuses y disparos de fusil.

    La revolución 4.0, lógicamente, no puede ser tan violenta, ha de componerse de canciones y rosas.

    Lo que finalmente pasa es que, si las revoluciones tradicionales terminaban en tragedia, las actuales corren el serio peligro de terminar en parodia. Estamos dando un espectáculo al mundo que deberían compensarnos de alguna manera. Pero en este país falta iniciativa empresarial y buenas ideas; si no, ya tendríamos que haber encontrado la forma de rentabilizar el ridículo mundial que estamos haciendo.

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