Libres sentimientos

El odio también es un sentimiento que se inculca

A muchos catalanes les sonó a chino la comparecencia de Rajoy este sábado. Era la primera vez que un gobierno español no aplacaba con bálsamos y concesiones las exigencias de su autonomía. ¡Inaudito! ¡Un gallego parándole los pies a la Generalitat!

Ya se los habían parado el general Batet, pero era de Tarragona; o Lerroux, nacido cordobés, pero con título de Emperador del Paralelo. Franco no se los paró, los anestesió.

Lo de Rajoy es bastante inédito, porque a pesar de habérselo anunciado por carta, ellos confiaban en que no daría el paso. Es absurdo, pero es así. Otra cosa no se desprende de muchas declaraciones de este fin de semana. Gente en apariencia sesuda, con estudios y sin incapacitación psiquiátrica conocida que pone el grito el cielo porque el presidente dijo lo que dijo y anunció que va a hacer lo que va a hacer, salvo milagro puigdemónico de última hora.

¿Y qué esperaban entonces? ¿Se quieren ustedes ir? ¡Ah! Pues es por esta puerta.

Se pueden imaginar cuán poco tiempo habría durado el señor Rajoy en su cargo, devorado por la lógica cartesiana; cuán poco la Constitución en su vigencia, devorada por sí misma, y cuán poco España, devorada por los pescadores en aguas revueltas.

Mención aparte merecen las reacciones de aquellos que son capaces de subvertir los calificativos, de tal forma que según su criterio, Puigdemont es el paradigma de la democracia y la legalidad, mientras que Rajoy es un golpista. Y se quedan más anchos que panchos ante la papanatería complaciente de una amplia nómina de opinadores a sueldo cuyo oficio consiste en contaminar el ambiente a la velocidad de la luz con una frase bien colocada en el móvil, antes de que la gente razone por sus propias meninges. Y ya lo repiten como autómatas: no es la razón, son sentimientos.

Un comentario a “Libres sentimientos”

  1. Aureliano Buendía

    Te veo muy optimista, Cora.

    Estoy totalmente de acuerdo en que el Gobierno está haciendo lo que tiene que hacer, y que Rajoy ha actuado después de cargarse de razones y de advertir a los golpistas, por activa, pasiva y mediopensionista, de que su actuación tendría consecuencias.

    Pero, en realidad, la situación no es para animarse, al menos en exceso. En primer lugar, porque Puigdemont tiene la oportunidad de desactivar el mecanismo del 155 con el simple expediente de convocar, aunque sea sobre la bocina, elecciones autonómicas, aunque las llame constituyentes o republicanas.

    Ello no haría más que diferir el problema, ya que el Govern que saliera de dichas elecciones sería similar al actual, y continuaría la escalada sediciosa. Pero supondría tener el problema en estado de máxima ebullición durante varios meses más, y no sé si hay Gobierno del Estado o partido que lo sustente que resista durante tanto tiempo el acoso mediático y callejero.

    Desde el punto de vista de los nacionalistas, sería la mejor opción. Y si yo lo veo claramente, no creo que Puigdemont sea más tonto.

    O sea: que paciencia, que esto tiene recorrido temporal, el suficiente para desgastar al Gobierno, desactivar el frágil apoyo del PSOE y llevarnos a elecciones generales. Y entonces, a ver si el que va a abandonar el poder termina siendo Rajoy, y no Puigdemont.

    En este país, ya nada debe asombrarnos. Cuando creamos que nuestros próceres han agotado todos los límites de la estulticia, siempre son capaces de ir un poco más lejos. Hasta el infinito y más allá.

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