Mentir como norma

Se parece a una mujer, pero es un edredón

El señor Puigdemont tiene el mismo apego por la verdad que aquel marido infiel al que su esposa sorprende acostado con su amante y le pregunta:

_ ¿Qué haces con esa mujer en la cama?

A lo que él reacciona impávido y a la gallega:

_ ¿Qué mujer?

El honorable presidente y los cuates del proceso han ensayado ese comportamiento durante años y lo han elevado a norma de conducta universal. De nada vale que los tribunales, la fiscalía, la Unión Europea, la OMS o el observatorio astronómico de Roque de los Muchachos esté viendo a la mujer en la cama y a Puigdemont a su lado, porque él siempre dirá que no hay nadie, que son imaginaciones de fascistas.

Y no solo eso, sino que ahora le ha dado por volver la oración por pasiva y acusa a quienes le acusan de lo que le acusan.

“España no es un estado democrático”, grita como un poseso. ¡Con lo que hemos visto en estos tres días! ¡Menudo morro, don Carles! Menos mal que ya lo tenemos calado, que si no, nos da un susto.

Lo que venía siendo habitual en estos últimos cinco años _ la mentira como norma de conducta _, sube esta semana todos los escalones que tiene por delante, ya sea hacia las patrañas, ya hacia las calumnias.

Y es lógico que así sea porque el argumentario político de los caballeretes es menguado. Como dijo Junqueras en algún momento, la independencia es un asunto de sentimiento. Feo, republicano y sentimental. Qué lirismo contenido. Por eso la CUP quiere meter en el mismo saco a Aragón, y así, con Valencia y Baleares ya conquistados, solo quedan Mérida y Fisterra. Bueno, y Lanzarote, que ahora nos salta con que es colonia. Madre mía, qué barullo. Esto no es una nación de naciones, es el Parque Jurásico sin podar, el paraíso de las zarzas, la granja de los puigdemones.

Un comentario a “Mentir como norma”

  1. Aureliano Buendía

    Bueno, después de una semana de silencio autoimpuesto y protestatario (sólo me falta apuntarme a la CUP), podemos reintegrarnos a la disciplina corista (que, en este caso, viene de Cora, no de coro).

    Y casi será mejor, como viene haciendo el dueño de la barraca en los últimos días, tomárselo a guasa, que de llorar (casi) seguro que habrá tiempo.

    En principio, algo hemos adelantado, porque lo que en los años 30 eran disputas a tiros, ahora se han transmutado en competiciones de quién la dice más gorda. Puigdemont, que si España no es democrática; Turull, desafiando a un ejército invasor que sólo existe en su imaginación…

    A mí, el que más gracia me hace es Junqueras (también conocido en la tribu por el más sonoro nombre de Gran Jefe Ojo Avizor). Junqueras, el pobre, está intentando, a la vez, volar el edificio y heredarlo. Pero heredar el edificio, no los cascotes.

    Aparentemente, quiere demoler el sistema y crear una Cataluña nueva; pero también pone una vela al diablo, y espera ser el hombre providencial después del 1-O, estableciendo un nuevo cauce de “diálogo” con el Estado.

    Preparémonos: estos muchachos han de darnos todavía, antes y después del 1-O, grandes tardes de espectáculo, aunque no sea taurino en este caso; más bien, serán nuevos actos del gran teatro en que se está convirtiendo España. Piezas maravillosas para componer una gran ópera (bufa).

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