El arrebato turco

A la joven Hatun Sueruecue _ 23 años de edad, madre de un niño de 6 _, la han matado sus hermanos en Berlín por ser turca y vivir como una alemana.
La pasión turca es inconcebible cuando la protagonista femenina es de esa nacionalidad y los amantes masculinos son extranjeros. Así lo ha dictado una vez más la ley de honor de la familia, que acumula ya 45 víctimas en Alemania durante los últimos ocho años.
Es una ley implacable para todos aquellos que se sienten obligados por ella. Su persistencia a través de los tiempos discurre en paralelo a la abundancia de las odaliscas, de las equívocas danzantes çengi, los no menos disolutos bailarines köçek, los baños turcos y los harenes; gremios e instituciones que por si solos y tomados de uno en uno, parecen anunciar la existencia de una sociedad hedonista y complaciente con el disfrute sexual en sus más diversas formas.
Y es posible que sea así siempre que se respeten las reglas de funcionamiento interno, donde por supuesto no figura la posibilidad de comportarse como una jovencita berlinesa, liberada de obligaciones ancestrales, luciendo pierna por las calles o dejándose acompañar por hombres sucesivos. Ese comportamiento no entra en el campo de lo posible, porque supone un insulto a la tradición y a las mujeres que le antecedieron en generaciones.
El problema Oriente/Occidente revela todo su peligro cuando se comprueba que la censura a las nuevas costumbres de Hatun están más radicalizadas entre los alumnos turcos de un instituto de enseñanza secundaria en Alemania, que en la propia Turquía, quizás porque la condición de colectivo emigrante lleva aparejado una tendencia a la tolerancia cero para perpetuar las raíces de donde se procede y que se temen perder en contacto con otra sociedad a la que se considera como tierra de provisión, pero infiel y malvada.

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