Carrera de cabestros

Los consejeros catalanes caídos por Dios y por la patria son los representantes de la duda metódica descartiana y de un buen número de paisanos que no lo ven claro. Sumados a los que lo ven negro, hacen mayoría.

Queda fuera de esa suma el monolítico gobierno de Puig el del Monte, que ése sí lo ve blanco y está dispuesto a ir con los cuernos por delante, la testuz baja, los ojos cerrados, el hocico humeante y la lengua fuera de tanto galopar.

Ha tenido que ir cortando cabezas _ nacionalistas, ¡eh! _ para conseguir unos cabestros dispuestos a convertirse en kamikazes, como los que exige de entre sus soldados el enloquecido general Tojo cuando Japón ya era carne de derrota al final de la II Gran Guerra. A Tojo no le sirven de nada y a Puig el del Monte tampoco le servirán, salvo para verlos saltar por los aires hechos añicos.

Los consejeros recién nombrados bien merecen que se les dote de un casco guerrero donde se pinte con tinta indeleble “Nasío pa morí” y luego se les eche a correr.

Frente a la manada que trota con afán de empitone, está Rajoy oyendo a quienes le recomiendan la mejor manera de recibirlos.

Unos optan por que se vista de toro bravo y con los que se apunten, corra a su encuentro para detenerlos en una especie de Navas de Tolosa. Es lo que se denomina choque de trenes, y no parece ser del máximo agrado del presidente.

Otros lo ven más en plan muralla de Lugo. Dejarlos correr hasta que ellos mismos se encuentren con la dura realidad y se descuernen contra ella.

También podría repetir el Don Tancredo que a veces le sale genial. El tío subido a la plataforma y los cabestros preguntándose dónde está hasta el infinito. Ésa es buena, aunque no será la elegida. Rajoy esperará tranquilo a que entren en la plaza, y una vez allí, les abrirá los chiqueros para que entren mansamente.

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