La Dama de Yeso

El obispo Scaiola, dueño del gato

Le llamaron la Dama de Hielo, porque el título de Hierro ya estaba ocupado para la historia por Margaret Thatcher y nada había en sus rasgos que anunciase en Theresa May una competidora con ímpetu para arrebatárselo.

Sin embargo, para ostentar el de Hielo le abona el albo intenso de sus cabellos, aunque sean teñidos con el fin de disimular la canas que amenazan con hacer inútil el tintado. También tiene un leve parecido con la actriz Tilda Swinton, o sea, la Bruja Blanca de Narnia, tan hierática, errática y feldespática que no sabes si te va a arrullar con una nana, si avanza hacia ti dispuesta a clavarte un puñal por la espalda, o si tienes que internarla en urgencias porque le queda la sangre justa para sus funciones vitales.

Impenetrable, muda y falta de calor, fue Nick Clegg quien acierta en definirla como la señora del agua congelada. Pero más que hielo fue iceberg flotante de un lado a otro en su interés por pasar de ser favorable al remain (quedarse en la Unión Europea), a un segundo apostolado pro brexit. Quieras que no, esas cosas pesan.

También dijeron de ella que era una mujer increíblemente difícil, y parece ser que le gustó la definición, sin duda porque creía que le estaban alabando su resistencia para irse a la cama con cualquiera, aunque en realidad estamos viendo que se acuesta con Agamenón y con su porquero, así venga el viento.

Llegada al estrellato político por caminos de la necesidad, la casualidad y la precariedad, quiso probar su fuerza como los caballeros que intentan arrancar la espada de la roca y la hunde todavía más, pues donde había una cómoda y gubernativa mayoría absoluta, se ha quedado con la sangre justa, o quizá ni eso.

La Dama de Hielo tiene muchas posibilidades de que finalmente la historia solo la recuerde como la Dama de Yeso, por aquello de ver menos que el gato de Scaiola.

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