La Comunión Laica

Don Emilio, en puñetas

Cuando habla el juez de Menores Emilio Calatayud, todo el mundo dice: “¡Cuánta razón tiene este hombre!” Pero nadie le hace caso.

Al margen de sus sentencias, que sí serán obedecidas, digo yo; Calatayud solo influye en la toma de decisiones para señalar los 180 grados opuestos a sus palabras. Es decir, si habla de la conveniencia de los deberes, los suprimen; si critica la falta de exigencia, se adopta el aprobado general y si abomina de los móviles, aumentan las ventas.

Hay que ver lo bien que habla y lo poco que nos importa. Algo así se dice de Séneca, Cicerón o Diógenes, todos los cuales hablan desde el sentido común, aunque la sociedad que les escucha no esté para sus gaitas.

Eso sí, don Emilio llena auditorios porque al personal le encanta oír cosas raras. Después se van a casa y comentan sus golpes de humor: “¡Qué cosas se le ocurren! ¡Mira tú que preguntarnos si nos gustaría ser operados del corazón por un cirujano que sacó un 4!”

El juez nos alerta ahora sobre los fastos de las primeras comuniones, sobre el pastón que algunas familias se dejan en el convite del evento eucarístico, transformando el tradicional chocolate con churros en las bodas de Camacho.

Tal como ocurre en las anteriores ocasiones, es de temer que este año se multipliquen los dispendios y las celebraciones. De momento cobra fuerza el invento de una horterada sin parangón cual es el llamado bautismo civil. Un bautizo sin agua _ que no solo constituye su raíz etimológica, sino su sentido simbólico _, es como una paella sin arroz. No puede ser y además es imposible.

Pero claro, así podemos celebrar un fiestorro al tiempo que se le pone el nombre a la criatura, un nombre laico a más no poder, que no tenga rastro de santo en el calendario, que ya nos inventaremos uno.

2 Comentarios a “La Comunión Laica”

  1. Aureliano Buendía

    Creo que ya he reflejado aquí alguna vez la frase, atribuida a Einstein: “Sólo hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana; y no estoy muy seguro de lo primero”.

    Y la estupidez puede ser individual o colectiva. Cuando es individual (o personalizada, que se dice ahora), cada uno la lleva consigo y va sufriendo sus consecuencias.

    Pero cuando sale del ámbito privado y contagia al cuerpo social, entonces terminan pagándolas todos sus miembros, estén o no agraciados con el don de la estulticia.

    Cuando una sociedad llega al extremo del “bautizo civil” o la “primera comunión laica”, el nivel de memez está próximo al riesgo de explosión.

    Renunciamos a nuestra religión (cosa muy respetable y que cada uno puede hacer con toda libertad, afortunadamente), pero queremos mantener los usos sociales que han impregnado nuestra sociedad durante siglos. Esto queda todavía mejor si, además, mientras expulsamos de todos los espacios públicos la religión del país, nos congratulamos de introducir otras, a ser posible con ocho o nueve siglos de atraso.

    El problema es que la medicina occidental, a pesar de sus extraordinarios avances, no ha descubierto todavía la cura de la estupidez. Y, sin fármacos eficaces, de persistir por el camino que lleva, nuestra sociedad terminará, inevitablemente, en el suicidio.

  2. Españolito de a pie.

    La calle es la calle.
    Sexo drogas y Rock And Roll fue el grito (impuesto) de un a generacion, hoy solo quedamos de esa generacion los que no hicimos caso y si de los consejos (e imposiciones familiares).
    Quien bien te quiere te hara sufrir, a quien no le importas te aconsejaran el suicidio.

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