El magma disolvente


Twitter avanzando

Por concepción, crianza y mantenimiento, Twitter es un contenedor donde se alojan todas las filias y todas las fobias que en el mundo son.

Allí, la opinión individual, la de Diógenes, Avicena o Torquato Tasso, vale menos que un pirulí chupado por un dragón de Komodo, cuya saliva, como bien sabe el lector, está plagada de bacterias mortíferas y ponzoñosas.

Esas filias y fobias no surgen de un proceso de maduración personal a través de fuentes diversas, de lecturas y experiencias constantes, sino del consumo de píldoras de 140 caracteres que circulan por ese mismo medio a una velocidad y con una frecuencia que los inquisidores considerarían sospechosas de brujería.

Siendo así de sencilla la alimentación de los espíritus, son muchos los interesados en pastorearlos y reconducirlos a sus apriscos con el fin de que el día de mañana, cuando toquen a rebato y convoquen urnas, sean votos ganados sin ningún género de dudas para quien dice ser adalid de las causas que se tercien.

Una de las fobias en las que más se insiste es una amalgama de opiniones, lugares comunes, dogmas inciertos y paparrucha apropiada para moldear, a la que llaman machismo o feminismo, de acuerdo con cada caso, y según la cual todos los escritores, desde Homero hasta el último autor publicado, salvo tres, son unos desgraciados porque plantean un modelo de amor arquetípico entre un hombre y una mujer, y barbaridades semejantes.

Por eso cuando Dani Rovira introduce en Twitter una opinión chistosa sobre lo buenas que están las modelos de lencería, sale lánguido y atribulado, hasta el punto de temer por su éxito popular y retirar la patita cual gato escaldado.

Se ve que Rovira es muy joven y de flojas convicciones. Señores, ha de decirse, las modelos de lencería están muy buenas. Muy buenas.

2 Comentarios a “El magma disolvente”

  1. SEito

    Están tan sieg@s, que no ven ni la paja en el ojo ajeno . Disparan a todo lo que se menea .

  2. Aureliano Buendía

    Viene considerándose que la Edad Media fue una época oscura, porque la información y el saber estaba al alcance de unos pocos, una élite que pastoreaba, casi en el sentido literal del término, a un pueblo sumido en la ignorancia.

    Ahora, no es que la información esté al alcance de todos, en el sentido de que cualquiera puede acceder a ella cuando lo desee. No. Es que la información nos rodea, nos desborda, nos envuelve en todo momento, aunque nosotros no la demandemos.

    Y tan malo resulta ser el exceso como el defecto. Un siervo medieval era analfabeto, condición que a todas luces le limitaba notablemente como persona. Careciendo de los mínimos elementos para ello, es difícil que pudiera desarrollar una actividad intelectual que mereciera tal nombre, o que pudiera tener un criterio mínimamente propio y libre.

    En la era de Twitter, no es que el ciudadano (algo hemos mejorado) no pueda pensar. Es que no necesita hacerlo. Ya lo hacen otros en su lugar.

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