Ni paro, ni jubilación (y II)

Una de las obras de Avelino Rodríguez Elías

El trotamundos de Viveiro, Francisco Saturnino Martínez, salva con salud e ingenio su encuentro con los aimaras, de mal nombre collas, hasta el punto de que Evo Morales, perteneciente a ese pueblo, crea la Coca Colla, pero prohíbe utilizar ese nombre como despectivo. Algo así como si Núñez Feijóo prohibiese hacer chistes de gallegos.

Estamos mucho antes y Francisco, satisfecho por el número de kilómetros recorridos, se asienta en Paraguay, donde trabaja la tierra hasta que la Sociedad Española de Socorros Mutuos, que tanto ha hecho por la emigración, lo acoge en su Hogar Español de Asunción, donde cumple, como mínimo, los 101 años de edad.

Cuando el periodista luso-gallego Avelino Rodríguez Elías lo encuentra a esa edad en Asunción (1948), Francisco es el más activo de los allí acogidos. Ha solicitado una azada para cavar la huerta a diario y ayudar así al sostenimiento del Hogar, que vive de las aportaciones de los españoles residentes en la capital paraguaya y de la propia sociedad fundadora.

La entrada al edificio se inicia con dos escalones más altos de la cuenta que muchos de los ancianos residentes no pueden salvar sin ayuda, por lo que la institución ha solicitado voluntarios para que estén siempre al quite y echen una mano a los que menos fuerzas conservan en las piernas.

Por supuesto, a sus 101 años, uno de los permanentes samaritanos es Francisco, que siempre aparca por unos momentos la azada y se apresta a servir de ascensor a quienes ya no pueden subir sin ayuda.

Si a esto añadimos que el único objeto de su propiedad que guarda con cariño es un despertador que lo saca puntualmente de cama para iniciar su tarea, comprenderemos por qué Francisco ha llegado a cumplir tantos años y por qué entonces nadie habla de generaciones perdidas.

Comenta